“La sombra del drago regresa suavemente con cada otoño. Es una sombra dulce, amable, que no molesta, solo protege durante un rato. La casa la recibe sin apenas inmutarse, sabedora de su efímero saludo. Y la ventana sombreada sirve para proteger al que escribe. Aprovecha las primeras horas María para ordenar sus ideas, corregir las del día anterior y dar forma a la dichosa novela que se le ha enquistado en su interior y en el ordenador. Pero no puede corregir en la pantalla: ha de imprimir y sobre el papel traza las nuevas palabras y tacha las que anteriormente le parecieron casi perfectas. De vez en cuando desvía su mirada hacia la ventana y descubre que el drago, fiel amigo, le regala su protección de sombra fresca para que descubra María la luz de su relato.”






























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