Tienen las banderas capacidades contrarias: unen y dividen; expresan cordialidad y enconados odios. Siempre están erguidas y en lo más alto, como si fueran más importantes que las personas. Y eso es lo que más me disgusta: sus superiores aires. Por eso hay personas que se cubren con ellas con actitud desafiante: la mía es mejor que la tuya. A veces, las colocan a media asta, como si se personificaran.
A mí, en realidad, las banderas me traen sin cuidado. Cuando las pasiones se disparan, las banderas están detrás. Por eso dije al principio que dicen una cosa y la contraria. Prefiero a las que solo expresan una idea: así sé a qué atenerme. Y disculpen este vaivén de impresiones, pero es que no paran de ondear.





























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