El ser humano se ahoga en lágrimas por la falta de políticas adecuadas
Nos estamos volviendo locos con la prolongada ofensa producto de una política internacional apática, conformista en los aluviones de sucesos que atentan contra los mínimos Derechos Humanos concebidos a lo largo de la historia. Nos despreocupamos de hechos evidentes de calado improductivo que producen un descalabro de los estamentos sociales del cómputo global de las diferentes naciones integrantes del continente europeo a raíz del intensivo agravio de países que dejan a su suerte a ciudadanos de su entorno para evitar con ello repartir sus recursos.
Si nos ponemos a reflexionar un momento sobre el interés de las naciones que dejan abandonados a integrantes de su comunidad en balsas de plástico, introduciéndose en las aguas de un Mediterráneo infectado de cadáveres, veríamos como desde la más lamentable de las perspectivas se atisba una innegable dejadez en sus fronteras con el único objetivo de deshacerse del mayor número de una contabilidad estudiada al detalle; pagar bombas armas y cargar al PIB de la deuda exterior todo el gasto, haciéndose con una inmensa fortuna en las arcas de los dictadores es la palpable escena que se nos vendrá a la cabeza. Nada es producto de nada, todo tiene un principio o final y esté a su vez, viene de la mano taimada de quienes lo tienen estudiado al detalle, fabricando guerras, hambruna y desarraigo social con la intención insana de provocar dramas externos que alejen a los que tienen el derecho a la protección y por el contrario, tienen que abandonar el país para no morir antes de tiempo, a pesar de tener como ocurre en cientos de casos la muerte en las aguas, subidos a una esperanza que muchos llegan a tocar tan solo con la punta de los dedos.
Improperios del ser humano, capaz de lo mejor para sus semejantes y lo más horrendo que jamás pudiésemos imaginar. La palabra solidaridad se deshace en elogios para todo aquél que coge con su mano la del semejante, librándolo de una muerte segura; esa situación tan dantesca es la que esta repitiéndose en nuestras fronteras, en las de los países vecinos del sur de Europa y recae compleja en la división de opiniones por parte de los diferentes dirigentes de las naciones con el conflicto de la migración en sus costas.
Puede que la solución no sea tan difícil de atender como nos quieren dar a entender los países potencialmente más fuertes de los diferentes continentes inmersos en tal situación. El origen del problema se plantea algo totalmente imposible para aquellos quedan por legitimado que sus naciones nada tienen que ver con la gravedad de la situación migratoria, que basan su poderío armamentístico en vender, replantear o fabricar todo lo que haga falta para endeudar a los que más les interesa y nada hacen en pos de acabar de una vez con las guerras escudadas en religiones distintas o culturas dispares.
Será que atentar contra los derechos elementales de las personas se ha hecho una causa anecdótica para ciertas naciones de Europa, un acíbar que les es ajeno en la lejanía de sus fronteras y algo del todo intratable en sus estructuras políticas, económicas y sociales, así como ausentes del trabajo diplomático y político de sus gobiernos. Trabas a los europeos dentro de Europa hacen de la angustiosa situación de los migrantes náufragos de las costas del continente una causa perdida desde el inicio de la que no tienen conciencia cuando salen despavoridos de sus países de origen, buscando sobrevivir dónde sobra espacio para la convivencia de sociedades, culturas y razas.
Es curioso que existan superficies despobladas a las que la simple llegada de personas convencidas de sembrar las mieses que les curta la vida, es suficiente motivo para un estudio sencillo. Cuando la mortandad aumenta y la natalidad se hace cada vez menos numerosa, las ciencias del análisis podrían completar en un escenario capaz de verificar que uno no es nada cuando con dos no basta; es decir, si la Casa Blanca es un bunker habitado por la insolidaridad humana, el dictador del país cercano al Vaticano se ha convertido en baluarte de una radical xenofobia y en Hungría se pretende crear un muro para guardar sus monedas, el acero alemán se muestra cómplice en sus movimientos fascistas y los despreocupados países nórdicos nada quieren saber del problema del sur que tan solo utilizan para broncear su palidez.
Así las cosas, en este buen país en el que nacimos, crecimos, nos educamos y servimos con denodado esfuerzo a equilibrar su balanza económica, tras el rescate bancario, la burbuja inmobiliaria y los robos a espuertas de una parte del colectivo político, seguimos gozando de un fondo humano tesoro de nuestra sociedad como es la solidaridad con los demás, acentuada por las penurias que hemos tenido que sortear para seguir adelante. Tal valor social es el que nos hace diferentes al del resto de naciones, el que nos crea conflictos internos producto de la falta de medios para abastecer de recursos la demanda de la migración y al que los demás países integrantes de la Unión Europea deben de aportar debidamente y de manera urgente hasta frenar la actual situación de alarma.
La coherencia llama a la diplomacia y esta a su vez a la ciencia de la política más eficaz en estos momentos de alerta migratoria. Mirar hacia otro lado no es sino agrandar la brecha del problema hasta hacerlo irremediablemente crónico en el tiempo y de nada valdrán ni la opresión, prohibición o la fuerza cuando el terror, el hambre y la guerra entren en escena.






























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