El confesionario

Opinion

juanferreraMucho antes de la llegada de internet, la Iglesia concentraba la información privada de los individuos a través del secreto de confesión.

Durante la dictadura franquista, miles y miles de personas se arrodillaban semanalmente ante hombres con sotanas negras, que, cabizbajos, escuchaban los recurrentes miedos y las angustias más profundas, tamizadas con el complejo de culpabilidad permanente. Y accedían, por la puerta del susurro y del zaguán de las palabras, a la vida más personal de los individuos. Así, la Iglesia, es decir, otros hombres, recababa una información única y privilegiada. Hoy, la nueva Iglesia es el Facebook dichoso, y otras redes similares, que comercia con nuestros actos y pensamientos y, después, los vende. Si la confesión se instauró en 1212, la confesión vía internet es de apenas el otro día. Sin embargo, ambos actos solo están separados por el tiempo y las formas. La finalidad es la misma: acaparar poder. Y saber y conocer. Ha cambiado la carcasa exterior; lo demás sigue casi igual: una religión nueva, y moderna, ha ido sustituyendo a la vieja. Y lo ha hecho de forma sibilina, al acorde y ritmo de los nuevos tiempos, como dejando caer que es un acto de modernidad en una sociedad avanzada. Para después hacer lo que les venga en gana. Ahora no hay que arrodillarse porque el hincarse de hinojos se establece en sentido figurado.

En los dos casos, el resultado es el mismo: volvemos a entregar información íntima y personal a cambio de nada. Como antes. Son los nuevos tiempos de las nuevas dictaduras tecnológicas.

Otra manera de vender humo.

El Confesionario


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