La calle había cambiado: ahora parecía más estrecha: sin embargo, la ciudad conservaba plenamente su sabor: aún disfrutaba del porte donde las clases sociales sobrevivían y a nadie parecía molestar. Solo los nuevos visitantes quedaban asombrados hasta que al final del día ya se habían acostumbrado. Y tampoco parecía molestarles. Aquella magia detenida en el tiempo se reflejaba en las fachadas y en la plaza, donde alrededor del viejo kiosko, que resistía el paso del tiempo, las tradiciones parecían renovarse. No sé cómo explicarlo: en la ciudad convivían la tradición y la modernidad, aunque la primera no era tan vieja ni la segunda tan rematadamente novedosa. Allí el ritmo era otro. Lo intenté atrapar en la imagen de este breve comentario.






























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