Vivir de la política

Opinion

leonilojulio2017Durante la modélica transición, que así la llaman, se especulaba sobre los emolumentos de quienes iban a dedicar sus desvelos a la actividad política. En muchas de estas conversaciones, ya saben el grado de especialización con el que nos movemos, se habló de una paga, lo suficientemente atractiva, para evitar que se corrompiesen. Quizá alguien entendiese mal, tomándolo por columpiasen. Así, a pesar de lo expuesto más tarde, se les dotó de unas retribuciones bastante atractivas para lo que se cobraba en el entorno. No solo, también se les permitió ser quienes se atribuían tales cantidades, y cómo las distribuían.

En relación con ello, un cierto tiempo después, se volvió sobre el asunto. Quizá, para justificar ciertas situaciones de holgura económica en medio de una crisis de tal naturaleza. En esta ocasión se miró a las retribuciones en la empresa privada. Se nos dijo, sin justificación que avalase tan afirmación, que necesitábamos personas bien remuneradas. La razón aparente: disponer de las mejores personas para gestionar lo público. Porque, también forma parte de la leyenda urbana, esas hipotéticas lumbreras no dejan de incorporarse a la política porque logren ingresos superiores en el sector privado. De ser así, no se explica el motivo de tanto conflicto a la hora de acceder a un cargo de elección.

Todo lo anterior está muy bien. Sin embargo, cuando pasamos de lo teórico a lo práctico, se nos suscitan algunas dudas. El primero de los argumentos, la retribución como elemento disuasorio frente a supuestas corruptelas, no presenta excesiva solidez. Por qué tal aseveración. Pues, a que no se sabe, al menos con rigurosa certeza, cual es el límite para evitar que alguien se corrompa. Si nos ponemos a indagar sobre los casos de corrupción, quizá nos demos cuenta que las retribuciones de quienes son corruptibles, tampoco son lo suficientemente escasas. Vamos, que si alguien se incorpora a ese ambiente, lo hace por esa ansia de riqueza desmedida de determinadas personas. Aquello de todos queremos más, y más y mucho más. Vamos, la voraz incontinencia de algunas de ellas.

Aparece, por otro lado, lo de la escasa presencia de personas bien formadas en el ámbito de la política. Tal y como están soplando los vientos ´ahora de último, quizá sea otro de los argumentos hueros con los que suelen contentarnos. O lo que es lo mismo, mantenernos en un permanente entretenimiento, que nos aleje de lo realmente importante. Baste con mirar determinadas situaciones, en las que quienes se incorporan a los Consejos de Administración de empresas privadas, no lo hacen directamente  desde el sector privado. Al contrario, en muchas ocasiones se suele criticar las tristemente famosas puertas giratorias.

Otra cuestión a considerar, nada nuevo alumbro, el afán por conservar el asidero. Me refiero a esas contiendas, que surgen a partir de la pérdida de cuotas de poder. Con ello, la disminución de personas – de esa formación política en horas bajas – que mantienen su relación con la política. Tal circunstancia, como es sabido, no se recibe de buen grado, sobre todo por quienes han hecho de la política su modo de vida; dicho de otra manera: por quienes se acostumbraron a vivir de la política.


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