Barbacoas políticas en tiempos de bocadillos sociales

Opinion

juanantoniosanchez2014buenaVaya si existen pisos en Madrid con amplias zonas ajardinadas para que los pequeños retocen mientras sus padres charlan amigablemente entre vecinos, vaya si existen adosados con unos precios medianamente razonables a pesar de que la subida de la vivienda es apreciablemente visible en el mercado inmobiliario, pero lo que más me deja escéptico, incrédulo y despistado, es la ligereza de algunos personajes de la vida política, representantes de una gran parte de la sociedad española, a los que no les vale cualquier hogar humilde dentro de unas características y prefieren gastarse cien millones de las antiguas pesetas, seiscientos mil euros del ala, en una vivienda de lujo propia de la derecha capitalista o incluso de algún allegado a Ciudadanos, ya de por sí bien caracterizados por haber conseguido que un partido catalán subiera de grado, ascendiera en superficie y se posicionase en el panorama nacional como la alternativa a la no política del Sr. Rajoy, aunque de no política se habla mucho en estos días porque lo de los programas electorales se los guardan para mejores momentos si es que los tienen diseñados tan siquiera. Todo se amortigua con el histerismo catalanista, con las declaraciones del títere colocado por un acérrimo visionario de lo que nunca será Catalunya por mucho que se empeñen.

Si llegaron ayer como quién dice, si apenas han cogido gustillo a la butaca del Parlamento y el escaño aún guarda la silueta del trasero de su anterior okupa, lo del líder de la formación morada es por no decir algo mediocre, inaudito.

Peor panorama imposible, mediocre política la que tenemos en nuestro país, ya deteriorado desde hace más de una década, los argumentos de los líderes se traducen en frenar al independentismo por un lado, en hacer cambios en la Constitución por el otro, en no hacer labor de oposición en quienes ganaron las últimas elecciones catalanas y en comprarse bonitos hogares en los que festejar sus ganancias. Mientras todo esto ocurre, el Gobierno dedica su tiempo a mirar hacia otro lado, inmerso en su burbuja y cándido ante las normas europeístas.


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