El 5 de mayo de 1941, la Comisión Depuradora de Madrid del Ministerio de Educación y Ciencia acordó por unanimidad proponer “la separación definitiva del servicio de Don Antonio Machado con la pérdida de todos sus derechos pasivos” Lo dice Ian Gibsón en su libro Ligero de equipaje, la vida de Antonio Machado (Aguilar, Madrid, 2006). Curiosa determinación la de esa “Comisión Depredadora” con el escritor, fallecido el 22 de febrero de 1939, “un miércoles de ceniza, a las tres y media de la tarde”.
Y todo viene a cuento para señalar hasta dónde está dispuesto a llegar el ser humano en su maldad cotidiana. Hace unos meses, un ayuntamiento catalán, de cuyo nombre no quiero acordarme, nombró a otra “Comisión Depredadora” para indicar que el poeta “era anticatalanista”, y por eso se le retiraba su nombre de una plaza. Debe ser ya la tercera muerte del poeta. Pero no será la última.
Cuando la estupidez llega a la cosa pública no solo no es esporádica, sino que ha venido para quedarse. Tiempos convulsos aquellos y tiempos raros los de ahora, donde las palabras, antes literarias, se han convertido en proyectiles de la sinrazón. No hay mayor estupidez que creerse único: “la vida nació conmigo y lo anterior estaba todo mal”: parece ser la penúltima torpeza de estos tiempos.
“Cosas veredes, amigo Sancho”.





























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