En la plaza, Hurtado de Mendoza, junto a la charca de las ranas, bajo la sombra de los laureles de indias y las cimbreantes palmeras, en un banco muy anatómico reposaba su majestad, María Antonieta, antes de ir a las Tullerías y al cadalso más tarde. Conservaba, todavía, su cabeza sobre el grácil cuello. Vestía paño azul zafiro, tupido de blondas translucidas con flores de lis. La recargada peluca con tirabuzones, bucles y frívolos rizos.
Cuando pasaba un nutrido grupo de transeúntes con turistas movía una insípida rosa de plástico, esperando una moneda sobre el pañuelo que simulaba un tapiz gobelino. La acompañaban en este “estatuísmo” dos figuras vivientes, algo alejadas: un cowboy niquelado y un violinista de frac dorado. Hice hincapié en ella, por ser una anciana. Pensé que ya debía de estar retirada de los teatros y del mundo de la farándula. Consulté mi reloj y, aún, tenía tiempo para indagar sobre aquella reina callejera.
Solicité un café, que resultó un vitriolo áspero. Sonsaqué al camarero: un fulano pálido, con patillas de bistec y acento madrileño. Si hay algún lector que me siga todavía, esto es lo que me narró:
—Se llama Siona, tiene 77 años. Viuda hace 5 y con dos nietos a su cargo (Diego de 8 y Juana de 7). La hija, madre soltera, falleció hace tres en un accidente de tráfico. Viven en un camaranchón en Vegueta, de arriendo. Paga sus buenos 250 euros. Otro tanto gasta en: electricidad, agua de abasto, póliza de decesos y poco más. La pensión de viudedad, es un mendrugo que pierde migas cada día. Cobra unos quinientos y pico euros y, el pico chiquito de gorrión... ¡figúrese usted!, por mucho estirar las cuentas siempre la salen a restar. ¿Sabrá lo de los periódicos, no? El Pacto de Toledo; la hucha de las telarañas, el IPC, los carburantes con su efecto cohete-pluma... y la crisis; saludable, que no se quiere morir la zascandila. La economía, la macroeconomía y la madre que los parió. Pero como le contaba: Viven en treinta metros cuadrados, con tabiques de cartón piedra pintarrajeados. En un vano de la pared de carga tiene un hornillo Butsir... y en el pasillo una porqueriza por retrete. Aquí utiliza el aseo como camerino. Se disfraza y maquilla con talco, ya la ve usted..., ganándose unos céntimos; que si fueran pesetas..., eso sería harina de otro costal. En una marmita se lleva unos cazos: un cocido, un estofado, o una sopa de ajos, según el menú. ¡Gratis, oiga!, que me da lástima, me recuerda a mi madre. Allá en mi pueblo, a destajo, de sol a sol, con la simiente o donde los frondosos frutales o sirviendo por horas hasta el último día— Sus ojos se brumaron de espesos nubarrones.
—Dios no lo quiera, pero esto tiene trazas de acabar en otra toma de la Bastilla, un San Quintín o algo peor, ¡vaya usted a saber!—Dijo para concluir.
Pagué añadiendo propina. Al pasar solté un billete sobre los desdibujados grutescos del pañuelo. No había caminado diez metros y retumbaron aquellos nubarrones en mí interior. ¿Qué será de Dieguito y Juanita cuando la guillotina se lleve al fondo del canasto, la cabeza de Siona?





























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