Las palmeras canarias no solo juegan al escondite con los caminantes ocasionales, sino que, además, tienen el atrevimiento de, en determinados momentos del año, sorprendernos para demostrar, una vez más, que su presencia es esencial y fundamental en el paisaje, como el mismo mar que nos rodea. Las palmeras hablan de verticalidad y el mar, de horizontalidad y expansión
Así que Palmera y Mar (no en vano este término está dentro del otro) vienen a ser casi lo mismo. ¿Se imaginan un paisaje sin palmeras? ¿O sin mar?
Ya sé que no les digo nada nuevo. Sin embargo, esta tarde de septiembre, donde aún el bochorno se mantiene, las palmeras reflejadas en el edificio inciden en el valor de su presencia y real prestancia. Forman parte de nosotros, de nuestra manera de ser y sentir. Aunque hayamos tardado en darnos cuenta.






























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