Cuando alquilé la casa terrera en San Antonio, siempre mi ilusión fue vivir en la capital, y consolidé mi trabajo de albañil, pude proponerle a Pepa que nos casáramos.
Pepa, habilidosa con los hilos y agujas, cosía para la calle, como se decía entonces, y su dinerillo ganaba, después de compartirlo con sus padres, que siempre estuvieron muy orgullosos de su única hija. Yo la descubrí a la salida de un baile en el Club PALA, donde en mi torpeza no sabía encajar ni un pasodoble, ni tan siquiera un bolero. Cuando la vi, morena y sonriente, me recordó a las mujeres del sur, donde empezábamos a construir los primeros apartamentos para turistas. Nos casamos un 22 de junio de 1968, sábado, y nos seguimos queriendo. Hoy la casa alquilada ya es nuestra y el barrio, antes silencioso y alejado, se ha quedado casi en el centro de la ciudad, donde el bullicio del tráfico es casi constante.
Mi calle se ha convertido en una pequeña avenida donde paseo diariamente y donde los tiempos idos regresan para saludarme.































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