Las casas
Las casas tienen vida; respiran movimiento, infancia, adolescencia, juventud. Y vejez también. Y dolor y silencio.
Además, van al mismo ritmo que avanzan nuestras existencias; al compás que marcan las ilusiones, las ensoñaciones y las esperanzas. Y si tenemos suerte, el ciclo vital se vuelve a repetir desde la experiencia y desde el mayor disfrute cuando los nietos comienzan a llenar otra vez de cachivaches el hogar.
La de los abuelos es la mejor, en la que apenas riñen, en la que sin imaginarlo siquiera los más pequeños son, en verdad, los que cuidan de los mayores. La sencilla mirada a los nietos es la imagen viva de un pasado que el abuelo vuelve a recuperar o, quizás, vive por primera vez. Porque, antes, los padres siempre estaban fuera, siempre estaban trabajando. Aparecieron por sus casas para quedarse cuando se jubilaron y entonces, ellas, sus esposas, los veían como unos intrusos del tres al cuarto al invadir su preciado espacio. Y les insistían en que salieran, en que se dieran una vueltecita por ahí, porque, para algunas personas, su sola presencia les comía el terreno. Tantos años saliendo por las mañanas y regresando a media tarde o por la noche, va creando unas pautas de comportamiento que cuando son alteradas cuesta encauzar y aceptar la nueva situación. Bueno, lo que decía era que los padres de antes apenas disfrutaron de sus hijos, de sus emociones y de sus primeros pasos y risas. Y no es que no los quisieran, qué va. Era la vida la que tenía marcada los papeles de las personas.
Por eso las casas representan el lugar seguro, el refugio, al que nos vamos aferrando con los años. Es el espíritu de nuestras vidas, que se amolda a nuestras emociones y a nuestros sentimientos.
Es el espacio perfecto.




























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