Microrrelato. "Analítica"

Fernando Tocino Viedma Lunes, 02 de Abril de 2018 Tiempo de lectura:

fernandotocino201801Aparcó el coche en la zona azul. Se detuvo unos minutos debido al stress por llegar rápido a la cita. Antes de salir del coche, miró tiernamente el abalorio imantado con las fotos de sus dos hijos recordándole “No corras papá”. Pero sí corrió, “enfocao” más bien. Al salir del coche quedó atrapado unos instantes por culpa del maldito cinturón de seguridad que atrapó algunos botones de su chamarra vaquera. Se cagó en Cross mientras miraba a lo lejos buscando como agua bendita el surtidor de tickets o boletos para abonar la tasa del parquímetro municipal. Tasa dura y desmesurada equivalente a las cotizaciones del IBEX 35. Abonó los repetitivos sesenta y cinco céntimos que le darían una hora de libertad y sosiego. Un hora donde se sentía libre y fuera del control de los acosadores de lo público. Palpitaba su “brave heart” a un ritmo frenético y diabólico ante su llegada al centro de salud a recoger los análisis de sangre y orina hechos la semana anterior. En menos de un chinguío los tenía en sus manos. A modo de desafío de las águilas, sus dedos se tornaron como afilados cuchillos abrecartas, rasgando y abriendo en canal tan diminuto sobre blanco roto. Después de decenas de tajos con sus floretes gruesos y sin uñas, el sobre destripado cayó rendido y suplicó rendición ante tal furioso ataque. Llegaba el momento de leer y saber los mensajes que su cuerpo le enviaba. Mucha sangre, mucha orina, muchas vitaminas, mogollón de HDL y LDL, leucocitos y hematocritos sin tino, plaquetas como para pavimentar y alicatar un baño turco. Un folio lleno de bioquímica con sus números, parámetros y cantidades industriales de asteriscos. Vitamina D y ácido fólico mosqueados. El hierro como que no se llevaba bien con el índice de saturación transferina. Hormonas que ni sabía que tenía y que ni siquiera le pidieron permiso para habitar en su cuerpo y, por último, el antígeno prostático específico colocado en modo mareas de El Pino en septiembre.

-¿Dónde estaba los datos de mi amor y mi sentido de la vida? ¿Qué pasó con mis valores y mis sensaciones por todo? ¿Por qué no dice nada sobre mi republicanismo y sobre mi defensa de la justicia social? ¿Pero, por qué no dice nada sobre mis pasiones y mis estímulos? ¿Y qué hay de mis contradicciones y mis preocupaciones? ¿Dónde dice que me siento feliz como soy y como actúo?...............

Escachó y troceo el par de folios en millones de trozos y tiritas. Salió balbuceando en voz alta por el estrecho pasillo del centro de salud, mentando a todo dios y a los profesionales de la salud. Se acordó de Flemming y del Dr. Barnard, sin embargo, a Gregorio Marañón lo puso tibio y a caldo de pollo. No se podía creer lo que había leído hacía unos breves instantes. Ratificó una vez más los comentarios de aquellos que decían “los humanos somos un ensamblaje de reacciones químicas.”

Ella siempre le habló de amor y dulzura. Discutió sobre miles de temas y aportó su visión del mundo. Ella lo amaba y compartía con equidad su vida. Así se lo dejó ver día tras día, año tras año, analítica tras analítica.

Nunca más volvió al centro de salud.


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