El Melero ha quedado atrapado, y apartado, entre invernaderos de plataneras. Una burbuja más en el tiempo.
Vibró de emociones y de ajetreo continuo la vieja casa, entre los gritos de la chiquillería y los sancochos con los amigos, donde los timples y las guitarras, y las fuertes voces, iban a morir al fondo del barranco, después de haberse paseado por el pueblo. Ahora por el camino que transcurre al lado de la desvencijada casa, escondido como las plataneras en los invernaderos, apenas pasa nadie. Casa y camino se han unido para intentar derrotar al tiempo.
Y hoy hemos vuelto a descubrir El Melero desde la Montaña de Cardones, rodeada de casas vivas.
El Melero, en cambio, se ha convertido en inseparable compañero del silencio.
Silencio que se resiste a morir.































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