Mercaderes y fariseos

Opinion

Carlos Álvarez 2En esta semana que los cristianos celebran la pasión, muerte y resurrección de Jesús, me viene a la mente una de tantas historias que aprendí de pequeño en mi paso escolar por los Salesianos.

Hermanos míos, si alguno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo convierte, sepa que quien convierte a un pecador de su extravío se salvará de la muerte y sepultará un sinfín de pecados.
Santiago 5,19-20

No hay amor en quien señala con el dedo acusador a los otros pecadores mientras se justifica en base a su supuesta perfección.

Ahora bien, tampoco hay caridad alguna en quien viendo a sus hermanos postrados en tierra por el pecado, se dedica a darles palmaditas en la espalda y no les exhorta a buscar el arrepentimiento y la conversión. Así actúan los que yo llamaría mercaderes de una falsa misericordia. Venden un perdón falso, que ni requiere arrepentimiento ni, por supuesto, propósito de enmienda.

Alguno puede pensar, ¿a qué viene tanta vuelta esta semana?, pues después de varias publicaciones en periódicos, radios y redes sociales que he visto y oído estas semanas, me doy cada día más cuenta, que mucho no ha cambiado la sociedad desde la época de Jesús hasta la actual, aún existen fariseos y mercaderes que se venden a un populismo barato con la esperanza de ser recompensados.

Echar la culpa de todo a todo el mundo sin asumir sus responsabilidades, ¿qué hicieron estos cuando podían? Nada, ¿de quién es la culpa?, del resto, pero nunca de ellos. Ahora se dedican a decir todo lo malo que ocurre y que ellos lo harían mejor, hablar de las necesidades de un pueblo.

El fariseo vive feliz creyéndose en posesión de la verdad, para así poder despreciar a los que según ellos no la tienen. Y el mercader de la falsa misericordia, que obtiene como pago el aplauso mundano, se pasa el día llamando a todo el mundo a criticar toda actuación, pero luego no ofrece proyectos y propuestas reales. Es más, esos mercaderes en ocasiones tienen la desvergüenza de acusar de fariseos a todos los que no piensan como ellos.

Tanto unos como otros son capaces de venderse al mejor postor, siempre buscando lo mejor para ellos mismos, acusando al resto de buscar justamente lo que ellos quieren y no consiguen, moviéndose lo justo y necesario para hacer creer a la gente que ellos son la solución a todos sus problemas, cuando en realidad son los causantes de muchos de ellos.

Al final todos somos pecadores, unos más y otros menos, pero la virtud consiste en reconocer nuestros errores y asumir la responsabilidad de ellos.

«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano.

El fariseo, erguido, oraba así en su interior: “¡Oh Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.

El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador”.

Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».
Luc 18-10-14

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