El escaparate literario
La Aldea está muy bonita y acogedora. Y, sobre todo, las distancias se han acortado. Pasear por sus calles, ahora peatonalizadas, no solo significa un remanso de tranquilidad en la mañana detenida de finales de marzo, sino que es el espacio donde la lentitud engrandece al ser humano.
Y allí he encontrado un peculiar y novedoso escaparate. En los cristales de la puerta grande no solo se anuncia cualquier producto, sino que también hay un lugar dedicado a la poesía. A la poesía directa: es el propio escritor el que ha pegado las hojas en el transparente cristal, donde el poema ha pasado de la imaginación a la realidad del papel y a la mirada atenta del lector ocasional, que observa de pie el poema. Poesía directa; ya lo dije antes.
Si miran bien la imagen, lo podrán apreciar. Incluso el nombre del autor aparece al final. Como debe ser. No hay trampa ni cartón. Poesía en estado original. Es la primera vez que me detengo ante un escaparate tanto tiempo. Será porque se ha convertido en un libro abierto y el inexorable paso del tiempo se ha esfumado como una nube pasajera.
Y porque La Aldea, una isla dentro de la isla, desprende un mágico aroma surrealista.
Sí, debe ser eso.




























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