La máquina de escribir

Opinion

juanferreraApenas comencé a impartir clase de Lengua y Literatura, compré una estupenda máquina de escribir Olympia; imprescindible como herramienta de trabajo en la España de entonces. Equivaldría hoy al ordenador. Era, y es, un instrumento de trabajo casi perfecto: no necesitaba contraseña, no tenía batería ni se enchufaba, y solo se trababan las varillas cuando los dedos se escurrían entre las teclas, más que nada por no haber hecho el curso de mecanografía correspondiente. Podía utilizar la cinta o, como en mi caso, sin ella, porque para elaborar ejercicios, apuntes y exámenes utilizábamos unos clichés, con papel de calco incluido, en los que había que perforar, sin romper, claro, las distintas hojas. Incluso si guardabas dichos clichés en papel de periódico, podías utilizarlos varias veces. Luego llegaron las fotocopias que, al principio, resultaban muy caras. Así que en el Departamento de Lengua y Literatura de la Universidad Laboral, donde pasé mis mejores años, teníamos una especie de “archivador tendedero” para optimizar el trabajo. Después todo fue cambiando y las máquinas de escribir entraron en un mundo de silencio y olvido.

Cuando mis hijos eran pequeños, la veían como un juguete más y les encantaba teclear y descubrir el texto impreso en el papel. Y el peculiar sonido de la vieja máquina volvía a sonar casi casi como antes, con la campanilla que avisaba al final del folio. Lo que en una época fue un elemento primordial de trabajo, no solo en el mundo de la enseñanza, sino en el administrativo y judicial también, se transformó con los años en un juguete. ¡¡Quién nos lo iba a decir cuando emprendíamos la aventura de la enseñanza!!

Por eso la foto que acompaña este texto no solo es una imagen más, sino que en ella se refleja una parte de la vida laboral. De la vida que llevábamos entonces.

Máquina de Escribir


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