Dice el poeta que “se hace camino al andar”. Claro que si ese camino estuviera cubierto de libros aún sería mejor. Y si al camino añadimos unos árboles que proyectaran sombras y aire fresco en las páginas abiertas a la cálida y recurrente lectura, podría ser algo así como el edén perdido: ese paisaje de la infancia que se nos cuela en las sugerentes palabras, que siempre son capaces de transportarnos a los mares del sur. Se activa la imaginación en cuanto cogemos el libro. Y al abrirlo descubrimos que la vida es una y variada y que las combinaciones son tantas que superan a las potentes máquinas de los “grandes hermanos” que nos quieren atrapar. Pero no comparemos los libros con los intrépidos algoritmos. Los libros son otra cosa porque los lectores se han convertido en una especie casi casi en fase de pre-extinción; aunque yo creo que no. Pasará mucho tiempo antes de que el último lector sucumba en el olvido. Al tiempo.































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