De caretas y carotas
Con la llegada del carnaval algunos se ponen su mejor disfraz, y la careta de ser otro durante unas horas. Es una época recurrente para ser quienes deseamos ser y no nos atrevemos.
Esos disfraces y esas caretas son coyunturales, graciosas y curiosas, propios de la fiesta.
Hay quienes no necesitan del carnaval para ir disfrazados, más los disfraces y las caretas cotidianas son preocupantes, en ocasiones, peligrosas y dañinas.
Mención a parte merecen los que ejercen de murgas y comparsas en su vida cotidiana, entorno al ceporro de turno. Esos disfraces cotidianos hacen que no se corresponda lo que somos y lo que vivimos, que no se corresponde lo que somos con lo que aparentamos.
Caretas de hermanos, caretas de amigos, caretas de compañeros, caretas de buena gente, caretas de personajes que no hemos sido, que no somos y que difícilmente seremos.
Caretas elegidas y programadas, que no dejan de ser una enorme estupidez, ya se encarga el tiempo y los hechos de quitar las caretas, de mostrar quiénes son y qué desean.
Así es la vida, un baile de máscaras, sin necesidad de estar en febrero.




























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