Desde que llegó al cargo, gracias a un pacto imposible, se ha crecido en su mediocridad. Ahora trata a sus subordinados con desplantes innecesarios y con cierto aire despectivo. Eso, en la intimidad de los despachos. Sin embargo, en la calle, todo son buenas palabras y hasta cuando escucha resulta convincente. Es lo que tiene la miserabilidad política: que te empuja a creer que eres el único Dios verdadero. Y después pasa lo que pasa: visita al psiquiatra. Y no porque esté loco, no, sino porque sencillamente ha perdido toda referencia social y toda habilidad para con las personas con las que trabaja. Y, otrosí, utiliza el dinero público para pagarse campañas internas y acceder a los entresijos de su partido o coalición o como se diga. En fin: son unas auténticas joyas falsas algunos de los políticos que nos han tocado ¿en suerte?































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