“A sus ochenta y cuatro años, la vida que ha llevado sobre sus espaldas nunca ha sido real, solo imaginada. Como vive solo, imagina las conversaciones nunca dichas y los diálogos sordos. Cuando dice, sus interlocutores no descubren el sentido exacto de sus palabras: misteriosas nubes se mueven en un contexto fantasmagórico. Así se ha quedado en soledad. Y ha tenido que utilizar toda una vida para darse cuenta. Va de bronca en bronca en los bares de la plaza, en la calle donde vive y a la salida de misa, no porque asista sino para increpar a los fieles. Su creciente sordera sirve de base a las interpretaciones sociales y a las relaciones con los demás. Ha imaginado su vida el aislamiento octogenario. Y ha destrozado la de los demás.”































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