Así me encontraba: perdido. La blancura había anulado las pocas ideas que pululaban por mi imaginación. Y, de repente, me tropecé con la fachada que muestra la imagen. Y creí adivinar, en la solitaria casa, que sus moradores habían regresado. ¡Pero si yo nunca los conocí! Intenté hilvanar unos señores y una servidumbre, pero las palabras se me escondían entre los barrotes del balcón y no pude atraparlas. Luego quise hablar de las dos criadas solteronas que acompañaron a la familia durante toda su vida, pero huyeron despavoridas las palabras por las sombras de las altas ventanas. Entonces no me quedó más remedio que hacer la fotografía. Al menos tenía la mitad de la historia.































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