Relatos al socaire del alisio (y XI): El Lector (y 5)

Opinion

juanferreraLo cierto es que ni don Leopoldo ni don Israel María sabían de mis andanzas con “El tiempo aquel”. No sé por qué nunca les comenté nada, pero luego vino bien esa decisión inesperada: los tres libros eran distintos: las páginas en blanco que había en el primero, se llenaron de palabras en el segundo y en el tercero, que, a su vez, era diferente al segundo: parecía aquello un puzzle de emociones que iban saltando de un ejemplar a otro. Aquellas navidades fueron muy especiales para mí. Intenté recomponer la historia casi completa, y digo casi porque aún me falta la voz de Clara Isabel. A saber si ella no había sido la artífice de todo aquel tinglado de don Leandro.

Digamos que las razones por las que don Leandro quería implicar a sus amigos en su especial aventura de convertirse momentáneamente en Dios era, por una parte, el poder compartir la carga emocional; y, por otra, el no sentirse aislado por si las cosas se torcían y los nervios le jugaban una mala pasada. Y, en el fondo, porque tenía miedo de sí mismo; aunque esto es una deducción mía. En el libro que don Leopoldo ni siquiera pudo abrir había páginas distintas.

“El tiempo aquel me ha perseguido siempre. La voz de mi esposa sigue resonando en mis oídos y durante toda esta vida de soledad y de respeto hacia su memoria siento que ella ha vivido conmigo. Y eso que mi vida solo ha sido profesional: nunca volví a enamorarme. Pero no me arrepiento: fue Clara Isabel la que insistió para que después rehiciera mi vida sentimental, pero no pude. Los diez años siguientes a su muerte fueron veloces y en ellos concentré mi labor profesional; hasta fui alcalde accidental de la ciudad durante un año a petición del gobernador. Pero no me interesaba la cosa pública.

Gracias al silencio cómplice de mis amigos he aguantado estos años. Muchas veces tuve la tentación de volver sobre el asunto en los años siguientes al desenlace. Pero ahora comprendo que mi silencio para con ustedes también ha sido positivo. No se cumplieron los planes iniciales. Quizás fuera un castigo del Señor por querer emularle, por intentar atrapar y concebir una vida perfecta, sin mirar a los lados: solo éramos jóvenes muy ilusionados con el futuro que yo de alguna manera les rompí.”

El Lector 5En cambio, en el libro que me dejó don Israel María creía notar una apreciación distinta.

“Sé que les he hecho mucho daño a mis tres amigos; sé que nunca compartieron mi deseo, pero yo les convencí con argumentos que ahora ni siquiera recuerdo. Por eso las palabras de mi esposa, seis meses antes de su fallecimiento, fueron premonitorias: ellos te ayudarán y guardarán compostura, pero lo más probable es que la distancia haga mella entre ustedes: será inevitable. Ayúdame, Leandro: esta enfermedad es irreversible y tú tienes una vida por delante. Esas fueron sus palabras, amigos, y comprenderán que los siguientes seis meses desvarié en muchas ocasiones. Y mi objetivo eran hacerlos sentir cómplices: vaya estupidez la mía. Todos estos años, sin embargo, han sido una pena que ha ido calando en mi interior y se ha hecho fuerte, como sucede con las estalactitas: gota a gota, pausada, serena, inagotable al desaliento. Solo en determinadas épocas el olvido ha sido un poco más intenso. Pero, al final del final, ha regresado con la fuerza de siempre, con el vigor de los veinte y pocos años que tenía entonces. El tiempo aquel ha conformado mi existencia, ha sido un eslabón más en la trayectoria de mi vida. Es la vida que tuve que soportar y sobrellevar.”

Cuando regresé al primer libro, el que misteriosamente alguien había sido depositado en mi mesa de noche, descubrí nuevas páginas no leídas. No quise atormentarme con este arcano de las palabras y leí las nuevas que hablaban del tiempo aquel.

“Algún día encontrarás a la persona adecuada que leerá esta burbuja del tiempo. No sé cómo, pero he soñado, Leandro, que una persona seria y discreta encajará todas las piezas. Y cuando eso suceda, la persona elegida sentirá que se ha pasado toda una noche en vela con la lectura de los instantes finales. Y yo volveré a vivir para ese desconocido y me haré presente en su interior. Y desde él recorreré las calles de antes, y veré a mis amigas de entonces y a mis padres y hermanos, aunque él ni siquiera se percatará de ello: será el enlace auténtico sin ser consciente de su papel. Y sentiré que todo este sueño ha transcurrido solo en una noche. Y, a pesar del tiempo transcurrido, te reconoceré, Leandro. Y me descubrirás en la biblioteca de Leonardo cuando aquel libro de repente cayó al suelo y desprendió una nube de polvo viejo. Y me escucharás en el susurro de los Laureles de Indias del paseo con Israel, que tan bien me imitaba.

No pude darte, Leandro, una vida plena. No pude conformar contigo una familia al uso del tiempo aquel, con sus alegrías y tristezas. Pero quiero que sepas que fui feliz contigo y que te he estado esperando. Iré a recibirte, iré a tu encuentro, para que no te pierdas o para que nos perdamos juntos.”

Al terminar daban en el reloj de la iglesia las cinco de la mañana. Se me había pasado la noche en un abrir y cerrar de ojos, como aquella vez en que de niño tuve una sensación única: miré el reloj al acostarme: diez menos veinticinco de la noche. Cerré los ojos y los volví a abrir: diez menos veinticinco de la mañana de un sábado. Y comprendí que la vida apenas dura un instante. No tenía sueño ni siquiera me sentía cansado. Ni aturdido. A las seis en punto salí de mi casa. Recalé primero en el cafetín de Pedro, en el Mercado Viejo. Luego me acerqué a la única churrería de la ciudad. Y al entrar en ella escuché, en el silencio de la mañana que se transparentaba, los cascos de unos caballos. Pero no me atreví a mirar.

ooOOOoo

Una vez pasadas las fiestas navideñas reanudé el contacto con mis lectores pasivos. Y los encontré muy mayores: las tres semanas de ausencia los había marcado profundamente. Don Leonardo de la Fuente del Hierro me pidió que eligiera la lectura y le sugerí “Ana Karenina”. Don Leopoldo Espinar de los Ríos me planteó que leyera el mismo de su amigo Leonardo. Y don Israel María de los Juncos de la Vega lo dejó muy claro:

--- Dejémonos de tanto teatro y pasemos a una novela de enjundia, amigo profesor: “Ana Karenina”.

Yo, que no creía en las casualidades, ni siquiera me inmuté, ni me preocupé tampoco. No iba a estar analizándome continuamente y, menos aún, llegar a entender el comportamiento extraño de mis clientes, que en el mes de junio de 1980 me dieron de baja. Solo don Leonardo, con cierta sorna, la verdad, insinuó que el curso siguiente contaría con un cliente nuevo: una mujer:

--- Me ha dicho doña Lucía Isabel Hernández Gourié, familiar de Clara, que está interesada en sus servicios y que le reserve plaza.

Asentí con un gesto educado al tiempo que lo saludaba y, de fondo, la sonora carcajada de su esposa que bajaba por la escalera central.


FIN DE LA PRIMERA PARTE


 


Comentar esta noticia

Normas de participación

Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.

Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.

La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad

Normas de Participación

Política de privacidad

Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.220

Todavía no hay comentarios

Quizás también te interese...

Quizás también te interese...

Con tu cuenta registrada

Escribe tu correo y te enviaremos un enlace para que escribas una nueva contraseña.