Mucho tiempo antes de que El Terrero adquiriera el aspecto desolador y solitario que arrastra ya desde hace un porrón de años, el lugar era nuestro particular campo de batallas y de juegos. Los coches que por allí pasaban eran contados con los dedos de la mano y las casas, siempre abiertas, se alongaban en la prolongación de la larga calle. Por las tardes, los vecinos sacaban sus sillas y se asomaban a la charla y a la novelería. Claro que las tiendas que por allí se prodigaban, y los bares de los hombres, contribuían a un ambiente perennemente festivo. Y esas puertas tapiadas que se ven en la imagen, el cuartel de la Guardia Civil, que animaba lo suyo.































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