Relatos al socaire del alisio (IX): El lector (3)

Opinion

juanferreraA los quince días solicitados, contesté a la propuesta de don Leonardo de la Fuente del Hierro:

--- Antes de comenzar con la lectura, cuente conmigo con la hora dedicada a la comunicación, como usted la ha denominado. Así que los martes ampliaré mi horario: de siete a nueve de la noche.

Asintió con un gesto y con una ligera sonrisa; al menos eso creí adivinar en su renovada expresión. Y proseguí con “Crimen y castigo”, aquella vieja edición que, sostenida entre mis manos, resplandecía y se agrandaba en el silencio vespertino de la biblioteca.

--- Antes de que le pregunte sobre los tiempos de ahora, amigo profesor, he de añadir algo: en aquel tiempo de juventud, ciertamente alocado y con poca experiencia, mi amigo Leandro llevó a cabo su plan. Cuando intentó explicármelo, se lo prohibí tajantemente: no quería saber nada, ni cómo fue ni con quién había contado. Como me vuelvas a sacar ese asunto, perdemos las amistades, le dije en un falso alarde de valentía, o de cobardía, no sé. Lo cierto es que nunca más habló del triste asunto, ni del tiempo aquel. Hasta que el martes que me visitó supe con quién había contado: nada más y nada menos que con mis amigos Leopoldo e Israel, que mire por donde también son clientes suyos; lectores pasivos, como a usted, estimado profesor, le gusta llamarnos. Todo sucedió un viernes 12 de mayo de 1922, en la recién estrenada casa de la calle principal. Cuando las carreras y los aspavientos, y los llantos, llegaron a la calle, la noticia recorrió la ciudad que crecía en los antiguos terrenos de cultivo: Clara Isabel Gourié de las Flores falleció a las ocho y media de la noche mientras Leandro, muy triste y desanimado, casi derrotado, charlaba con su suegro en el salón. La noticia la dio en primicia, como se dice en estos tiempos que ya no logro entender, Israel de los Juncos, que, con cara de circunstancias penosas, entró como un volador en el salón requiriendo la presencia de los hombres en el dormitorio de la víctima. Israel se encargó de transmitir el relato oficial y, gracias a su estudiada puesta en escena, las autoridades nunca la cuestionaron, más que nada por la ilustre situación de Leandro. Todo siguió su curso normal, si es que así se le puede llamar a esta muerte asistida y anunciada. Y ahora, a mis setenta y nueve años, la turbación ha vuelto a mi vida. Comprende ahora por qué le he contratado una hora más: a mi mujer no le puedo contar esta historia y, menos aún, a mis hijos. Así que usted, amigo profesor (era la segunda vez que empleaba esa expresión), ha de cargar con ella y lo único que le pido es seriedad y discreción, como decía en su anuncio del periódico: por favor, profesor...

Y dejó la frase suspendida en el aire. Al dar las nueve en el reloj de pared del pasillo, comprendí que mi realidad regresaba y me dispuse a salir. En la calle respiré profundamente el frío de aquel diciembre y al llegar a la plaza, desolada y vacía, enfilé hacia mi casa, donde “El tiempo aquel” me aguardaba para interpretar entre líneas y escudriñar en sus páginas en blanco. “Mañana, sin falta, bajo a Las Palmas a comprar el disco de Teclados Fritos”, pensaba mientras abría mi solitaria casa. Con música de fondo, como debe ser.

El lector 3

ooOOOoo

Don Leopoldo Espinar de los Ríos fue mi segundo lector pasivo. De mediana estatura, que compensaba con una pose siempre estirada, miraba con la distancia propia de los abogados que viven en otro mundo: el de los legajos y del derecho, que no de la justicia. Me acomodó en una mesa estrecha desde la que debía leer; sin embargo, en esta ocasión los libros elegidos tenían que ver con la condición laboral de mi segundo cliente: literatura del derecho: casos que habían originado jurisprudencia en el mundo entero y que don Leopoldo escuchaba con los ojos cerrados. Al principio pensé que se dormía, pero nunca fue así. Él era el juez, el acusado, el defensor, el acusador; según los casos leídos, asumía un papel. Eso, al menos, creía yo.

Requirió mis servicios por recomendación de don Leonardo, que sabía de los gustos de su amigo. Todos los miércoles, a las siete en punto de la tarde, leía casos y casos de asesinatos, herencias, denuncias, falsos testimonios, más asesinatos, de una colección titulada “Casos que marcaron un rumbo” que don Leonardo nunca pudo leer cuando ejercía, más que nada por falta de tiempo y porque la vida entonces exigía otra mirada. Ahora, retirado y también viudo, y con el solo acompañamiento de su vieja criada, se había empeñado en que alguien le leyera. Sus dos hijas, felizmente casadas, vivían en Madrid, “tan lejos”, y solo las veía dos veces al año: en Navidades regresaban las hermanas cargadas de niños, ruidos, algarabías varias y regalos de Reyes. Luego, en julio, les devolvía la visita don Leopoldo: una quincena con cada una. Así que el resto del tiempo, además de sus acostumbrados paseos, juegos de cartas en el Casino y alguna que otra salida hacia Las Palmas, lo sobrellevaba con soledad y entereza. Y entonces llegué yo. Como el roce hace conocer a los demás, la sequedad que vi en principio en don Leopoldo no era más que una distancia profesional establecida durante muchísimos años entre cliente y abogado. Cuando comprendió que yo no era ningún cliente, el tono imperativo y su mirada penetrante se endulzaron, sin llegar, por supuesto, a la familiaridad plena; tampoco yo lo deseaba. Y un día en el que me disponía a empezar mi trabajo, vi sobre la pequeña mesa, al lado mismo de los tomos de su colección de leyes, “El tiempo aquel”.

--- Le he puesto ahí ese libro porque necesito contarle algo. Me parece usted una persona de fiar, no en vano es profesor, licenciado, con cierto estatus en esta sociedad que cada vez entiendo menos y que cada vez me resulta más lejana y plana. Verá, amigo profesor (como don Leonardo me llamaba), he de contarle algo de la historia de ese libro. Ya sé que don Leonardo le contó la suya. Ahora escúcheme: como usted bien sabe, don Leandro ha venido a despedirse de sus amigos, de los amigos de aquel tiempo de juventud, y lo ha hecho en calesa. Siempre fue un snob y un moderno. Ayer recaló en mi casa a las nueve y media de la mañana: ya había desayunado temprano en la de Leonardo. Luego me conminó a dar un paseo, por donde los Laureles de Indias, y me dijo lo que ya sospechaba: se estaba despidiendo de este mundo. Y lo hacía de una manera especial, como especial era el libro que nos dejaba. Recuerdo que un miércoles, 22 de junio de 1921, me habló de muertes sobrevenidas, de ayudar a bien morir, y de sus posibles implicaciones legales. Yo, asustado por su extraña propuesta, le dije que aún no había terminado la carrera, que si quería le preguntaría a mi profesor especialista en tales asuntos y le diría después; cosa que hice y de la que salí escaldado. Mi viejo profesor, don Agustín Gonzalo del Castillo Olivares, me respondió con aturdimiento y me dejó claro que no debía plantearle más esa cuestión tan rara, tan novedosa, “alumno Leopoldo”, dicho con cierto retintín. Y me señaló que la justicia divina existe y no debe ser minusvalorada ni mancillada ni alterada. Los hechos y los asuntos tienen su curso y su ritmo y, por encima de todo, la vida: religión y ética deben ser los pilares del verdadero comportamiento cristiano, sentenció mi mentor. Y le cuento todo esto, amigo profesor, (y le llamo amigo porque si don Leonardo aún no ha prescindido de sus servicios por algo será), porque para mí es un secreto que ha regresado y a mi sirvienta, como comprenderá, no se lo puedo contar: primero, porque está medio sorda; y segundo, porque sus entendederas no van más allá de la administración de una casa. Y no crea que lo digo con desprecio, no es esa mi intención. Yo de la organización de un hogar no tengo ni la más remota idea. Sería incapaz de poner orden doméstico en estas cuatro paredes; lo digo en ese sentido: cada uno sirve para lo que sirve. Nunca le perdoné a Leandro que me incluyera en esa especie de conspiración juvenil y que ahora ha sobrevenido repentinamente. Menos mal que dentro de poco vendrán mis hijas y mis nietos, y me harán olvidar ese suceso. Como bien supone a ellas no se lo puedo contar. Por otra parte, considero que mi colaboración de asesor legal posible en aquel tiempo tampoco fue necesaria porque nadie creyó que la muerte de Clara Isabel estuviera manipulada. Casi paso a creer que más fue una artimaña de Leandro para tener donde agarrarse por si la justicia investigaba. Pero no fue así, para nada. El origen social de los personajes no dejaba lugar a dudas, ni mucho menos. De todos era conocida la gravedad de Clara Isabel. Sin embargo, le confieso, profesor, que al principio estuve enormemente preocupado y alterado. Luego, en aquel tiempo de juventud, las novedades se sucedían de manera vertiginosa y una de ellas era la de comernos aquel tiempo y aquel futuro: luego todo este triste asunto pasó al olvido. Hoy me ha traído Leandro el libro. No he podido abrirlo. Si usted quiere, lo lee y después me dice. Pero yo no puedo. Hoy hemos paseado por el Parque y solo los viejos y hermosos Laureles de Indias han sido los testigos únicos de nuestras, seguramente, últimas palabras. Discúlpeme que hoy le haya venido con esta cantinela. Comprenderá que no podía compartirlo con nadie de los allegados; por eso su distancia ha sido casi perfecta o perfecta del todo...

Y sustituyó el final de la frase con un gesto.


(El próximo viernes, 8 de diciembre:
EL LECTOR (4))

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