Relatos al socaire del alisio (VIII): El lector (2)

Opinion

juanferrera“El tiempo aquel, cuando aún es hoy, se convierte en una burbuja en el tiempo que espero sirva para redimir esta angustia. Y lo he regalado a mis tres amigos, con los que en los años mozos mantuve una estrecha relación. Así que este pequeño libro es para leer en el futuro porque será entonces cuando logre explicar el tiempo aquel, tan convulso en estos momentos y tan presente.

No me quedó más remedio, no podía aguantar más: tuve que matarla aquel día de mayo porque era la única solución. Si no lo hacía, el dolor y la angustia presidirían nuestra existencia, que ya no conducía a ninguna parte. Cuando la enfermedad la atrapó, yo lo único que hice fue precipitar el final, después de dos angustiosos años. Y este libro trata de ese tiempo: tres páginas en blanco que hablan de la nada, de la angustia, de los llantos oscuros y de las tristezas negras: dos años atrapado en un tiempo diferente: el tiempo aquel. Y el posterior también.

Hoy he ido a hablar con mi amigo Leonardo, a punto de acabar su carrera de medicina. Y le he pedido consejo y se ha asustado. Creo que al final me ha comprendido, más por mi cabezonería que por mis pobres argumentos, y me ha dado la información precisa. Luego contacté con Leopoldo, abogado como yo, quien me vino a reiterar mis sospechas legales. Ya solo quedaba visitar a Israel María, que, además de poner el grito en el cielo, tan habitual en él, me aconsejó que visitara a un médico de locos y que con él no contara; que seguiría manteniendo mi amistad si nunca le volvía a plantear el desagradable asunto. No recuerdo cómo hice para convencerle e implicarlo. Como hombre de teatro que era, la puesta en escena fue cuidada y perfecta: ningún detalle quedó suelto y hasta los figurantes estuvieron a la altura. Y el silencio llegó.”

ooOOOoo

El Lector 2Había otras páginas en blanco, salteadas, dispersas, cuando mi cabeza tropezaba contra el techo en vertiginosas vueltas. Cerré el angustioso relato y en el pequeño patio de mi casa, (seguro que entraron por aquí) donde la higuera, encendí el cigarrillo que me había propuesto dejar. En el humo que se elevaba imaginé que tenía una historia que contar. Pero mi habilidad ante el papel en blanco dejaba mucho que desear; sin embargo, no me quedaba más remedio que intentarlo, aunque para mí supusiera un esfuerzo titánico.

Lo más curioso de todo era que mis clientes lectores pasivos eran los mismos que los del relato de don Leandro González. Leía para ellos. Y eso llegó a aturdirme.

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Cuando regresé a casa de don Leonardo una semana después, me puso al día sobre el extraño visitante de la calesa:

--- Leandro y yo nos conocemos desde los doce años, cuando nuestras familias se amigaron en los bailes del Casino. A mí me parecía un joven tranquilo, inseguro, eso sí, pero en aquellos años adolescentes nos enfrentábamos a un mundo nuevo, el de los mayores, en el que mucho después comprendimos la hipocresía de aquella sociedad antes de la Gran Guerra. Nos convertimos en amigos de verdad; amistad que ha llegado hasta este tiempo que ya no entiendo y que me asusta. Por eso, entre otras cosas, he contratado sus servicios. Bueno, aunque aún no se lo iba a proponer, lo adelanto ya, y si quiere se lo piensa y me da la respuesta dentro de quince días, no antes. Le propongo, pagando el doble de lo que ahora cobra, por supuesto, que a la hora de lectura le continúe otra de conversación, sobre todo, para que me explique esta actualidad que no entiendo y que, como tal, tiendo a rechazar. Pero como a mí no me gusta huir, si usted me las explica yo estoy dispuesto a pagar por eso. Aunque me temo que también tendrá que aguantar mis viejas peroratas. ¿Sabe lo que me ocurre? Que ya no tengo interlocutor y lo cierto es que la comunicación es muy necesaria. Bueno, usted se lo piensa y ya me dirá. Pues, como habrá adivinado, hoy voy a hablar yo --- dijo, con pausa incluida, y continuó---. Mi amigo Leandro sufrió un episodio muy triste en cuanto se casó. Su bella esposa, Clara Isabel Gourié de las Flores, a los seis meses de la boda, comenzó a enfermar y mi amigo también al ver que nada la mejoraba. Al año de casados entró Leandro en barrena. Y un martes, 21 de junio de 1921, en la cantina del Casino, en la ventana que daba al parque, me preguntó de qué modo se podía matar a alguien especial. Yo, en principio, ni mucho caso le hice: deduje que las copas iban haciendo estragos pero nunca creí que hasta ese punto. Y entonces me confesó lo que ya era inevitable: su esposa comenzaba a desaparecer de este mundo y no estaba dispuesto a que sufriera irremediablemente, que estaba decidido a acelerar la coyuntura, como él decía, y me preguntaba por un método adecuado, como si aquel estudiante de medicina que era yo supiese de muertes más que de vidas. Pero si un médico está para curar, cómo se te ocurre plantearme lo que tú llamas coyuntura. Y tanto insistió, y lo hizo durante semanas, hasta que pregunté a mi mentor que, extrañado, me dio las pautas necesarias para no dejar huella, “pero no me haga más esas preguntas, futuro colega”. Luego, se trasladó Leandro a la capital y comenzamos a distanciarnos, pero solo un poco. En las fiestas de la ciudad se hospedaba en mi casa, y la amistad volvía a surgir en todo su esplendor. Me contaba que su despacho, en Viera y Clavijo, marchaba viento en popa, sobre todo desde que algunas consignatarias del Puerto habían requerido sus servicios. Aquella nueva aventura que iniciaba ayudó a sobrellevar su pena de la que nunca más habló hasta que, como usted bien sabe, me visitó hace una semana. Y lo ha hecho para despedirse: cree que va a morir pronto porque todas las noches se le aparece en sueños Clara Isabel, con sus maravillosos diecinueve años, en plena flor de la juventud: “ya ves, amigo Leonardo, una flor dentro de otra: toda la brillantez del tiempo aquel”.

A las ocho menos cinco regresé a la realidad al escuchar las carcajadas de la esposa de don Leonardo: “esa carcajada, amigo profesor... un día le hablaré de esa carcajada”. Y le ayudé a levantarse del envolvente sillón de orejas.


(El próximo viernes, 1 de diciembre:
EL LECTOR (3))

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