Relatos al socaire del alisio (VII): El lector (1)

Opinion

juanferreraCuando acabé las lecturas en las casas señoriales, aquel junio de 1980, ya conocía la historia de algunas familias de postín de la otrora floreciente ciudad. A mí lo que verdaderamente me atraía era el poder entrar en dos mundos: por una parte, en el del libro que leía y que mi lector pasivo había demandado, y, por otro, en el de la estirpe que había requerido mis servicios.

Cuando vi que mi trabajo de profesor comenzaba a hacer aguas a mis treinta y cinco primaveras, donde ya el respeto había pasado a mejor vida, me planteé una nueva meta: no podía dejar que mi vida girase en torno al mundo de las aulas; tenía y debía encontrar un camino complementario. No debía emplear todas las energías y agotarlas en una sola actividad que, además de ingrata, se había convertido en insoportable. Así que inserté un anuncio en el periódico: “profesor de Lengua y Literatura se ofrece como lector a domicilio. Seriedad y discreción.” Pasaron dos semanas hasta que la primera llamada me condujo a mi primer cliente: todos los martes, de siete a ocho de la tarde, excepto verano. Y así descubrí otro mundo que transcurría paralelo al mío en aquel curso de 1979. Por aquello del boca a boca, acepté dos clientes más y ya la semana se me había hecho muy corta.

Mi referencia en la coqueta ciudad cambió radicalmente: ya no era el profesor sino el lector. Y así comenzaron a llamarme. Yo, la verdad, me importaba un pimiento aquella nueva denominación; sin embargo, y era cosa que no me gustaba, mi popularidad aumentó sin saber bien por qué.

Mi primer lector pasivo, como me gustaba llamar a los tres que habían requerido mi garganta, fue un médico retirado, que ya apenas distinguía las letras del Vademécum: don Leonardo de la Fuente del Hierro. Amante empedernido de los novelistas rusos del XIX, propuso “Crimen y castigo”, y el primer martes de noviembre de aquel año traspasé los dos umbrales: el de la novela y el del médico, que vivía en una casa enorme, donde el espacio parecía no tener límites, y en la que para llamar al servicio utilizaban una campanilla como las que había visto en las películas. Era un hombre serio, de costumbres rígidas, espigado, y nada ligado a la improvisación: “solo las justas, profesor”, me decía cada martes antes de empezar a leer. A la media hora me interrumpía para la infusión de manzanilla, que yo también debía tomar. Al principio me negaba, pero era muy insistente y cedí a sus deseos. En otras ocasiones, era yo el que le proponía el brebaje pues andaba el galeno muy metido en la aventura de Raskólnikoff.

Cada martes me esperaba en el viejo sillón de orejas donde, al lado de la ventana de la extraordinaria biblioteca, pasaba la mayor parte del tiempo, según me dijo, rodeado de libros de medicina y de literatura universal. Y de uno muy especial. En el tiempo que ejercí de lector solo vi a su mujer la primera vez, con la que acordé los honorarios. Luego se convirtió en una sombra en la que su fina y dulce voz descendía, con delicadeza extrema por las amplias escaleras, convertida en sonora carcajada a las ocho menos cinco en punto.

El Lector 1

Allí, en la biblioteca, atrapado entre las altas estanterías, entraba en otra dimensión: aquel lugar amplio y luminoso, hasta que la tarde caía, desprendía un aroma procedente del siglo anterior, interrumpido solamente por algún carruaje que transitara por la señorial calle. Hasta que un día aquella sensación fue tan real que creía que estaba poseído por el espíritu de la biblioteca, atrapado sin tiempo entre las viejas y polvorientas páginas. Y sucedió que el visitante, efímero exalcalde de la ciudad, del que ya nadie se acordaba, ni yo por asomo sabía de su existencia si no me lo cuenta don Leonardo, había alquilado la única calesa que en la capital sobrevivía y en ella se había trasladado a visitar a su amigo médico. Don Leandro González del Carril, consciente de que su vida se iba apagando, había decidido visitar a los amigos con los que durante años había compartido risas y sueños, y a los que hacía tiempo que no veía. Y había comenzado por mi cliente, que, al escuchar los cascos de los caballos, abrió los ojos como si se les fueran a salir de las órbitas:

--- ¡Dios mío, no puede ser. Es Leandro! ---dijo al mismo tiempo que con un ligero gesto me ordenaba parar. Aguardamos un instante y entonces la vieja criada, que tenía terminantemente prohibido interrumpir la sesión de lectura, tocó débilmente en la puerta y entró sin esperar respuesta:

--- Don Leandro González del Carril ha venido a verle --- dijo y volvió a cerrar la puerta con delicada sumisión.

ooOOOoo

--- Esta noche duermes aquí y si quieres mañana continúas la travesía y te despides de los otros, pero lo que es hoy de aquí no te mueves ---dijo don Leonardo a la par que me presentaba a su viejo amigo. Allí los dejé entre existencias pasadas y recuerdos sobrevenidos, y al salir no vi la calesa que antes había escuchado. Lo que sí noté fue una noche más oscura que otras, un aroma diferente provocado por la ligera llovizna, eso pensé en aquel momento, y un silencio de medianoche perturbador y fuera de hora: eran las ocho y cuarto. Apuré los pasos con dirección a mi casa, sin tropezarme con nadie en la noche negra, y al llegar comprobé que los zapatos llevaban pegados el polvo húmedo de las calles sin adoquines. Al acostarme, ya pasadas las once y media, en la mesilla de noche había algo diferente: un viejo y breve libro titulado “El tiempo aquel”, cuyo autor era nada más y nada menos que el mismísimo don Leandro González.

Cómo llegó aquel libro a mis manos es algo que hoy tampoco logro entender. Sí recuerdo que aquella noche rara dormí entre pesadillas incomprensibles y personajes desconocidos. Casi estoy seguro de que me desperté dos veces empapado en sudor frío. A las cuatro y media de la madrugada, cansado de dar vueltas sin sueño, tomé el libro misterioso en mis manos y comencé a leer.


(El próximo viernes, 24 de noviembre:
EL LECTOR (2))

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