Los aniversarios de los familiares y amigos idos regresan puntualmente al mismo tiempo que las ausencias se agrandan en la tristeza del momento. De pronto, los recuerdos, las anécdotas, los cuentos, y las risas también, se mezclan con las saladas lágrimas. La imaginación se desboca pensando “en lo que le dije aquel día y qué injusto fui”. Nunca sabemos cuándo decimos las cosas por última vez. Nos empeñamos en procurar las palabras justas y precisas, pero, en este devenir de la existencia, la imperfección nos determina y nos define. Por eso los aniversarios se convierten en la nueva excusa para pedir perdón “por aquello que no debía haber dicho”.
































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