Relatos al socaire del alisio (V): Secuencias de una ciudad (2)

Opinion

juanferreraCuando el palmero Ramiro Fonseca, de los Fonseca de Los Llanos de toda la vida, hijo de guardia civil y de maestra de escuela, de dudoso oficio conocido pero de inmensa gracia reconocida, dio con sus huesos en la Acequia Alta, inmediatamente llamó la atención de Solita Ramírez, mujer ventanera en las tardes primaverales y de paseo en las estivales. Del saludo por educación y las miradas cómplices robadas al instante de la sorpresa (“¡serás mía, bandida!”) se pasó a las primeras palabras. Tenía una gracia el palmero muy parecida a las décimas picantonas que trajeron de Cuba los emigrantes que dejaron de serlo. Y Solita, siempre solita, le abrió la puerta un día y tres noches y a los nueve meses nació un palmero trigueño que nunca lloraba: era la personificación de la sonrisa. Eladio Santana, vecino de Solita, que también la pretendía, en clara actitud despechada, despotricó de Ramiro Fonseca en el bar La Bombilla y en el de la Reina Mora, no así en el de los hermanos Dávila, que le prohibieron la entrada cuando les destrozó medio bar por su mal beber. Nadie le hizo caso a Eladio. Ramiro Fonseca pasó entonces a ser un hijo más de la ciudad cuando un día de abril contrajo matrimonio a las seis de la mañana con su Solita, que vistió de gris para la tempranera ocasión.


Al ordenarse sacerdote Gonzalo Martín Savayedra, recibió la ovación y felicitación de sus paisanos un domingo a la una de la tarde, en solemne ceremonia celebrada en el Parque de San Juan. Todas las autoridades eclesiásticas y políticas de la isla subieron a Arucas desde temprana hora y aquel calentito domingo del mes de mayo de 1963 se convertiría con el paso de los años en el más desgraciado de la familia Martín Savayedra. Apenas fue bautizado como sacerdote, su padre se transformó en gritos desesperados en las noches de verano. En el recién comenzado julio, se arrojó desde la azotea de la iglesia y dio con sus huesos en la calle Osario. Su funeral fue más que una sentida manifestación de duelo. Otra vez las autoridades eclesiásticas y civiles subieron a Arucas, hondamente consternadas por la cruel paradoja de su muerte. Y en el mes de agosto la desgracia volvió de nuevo a la vida de Gonzalo Martín, a punto de marchar destinado a Lanzarote: su madre sería atropellada por el pirata de Carmelito Sánchez, “el sobrio”, en el cruce de Suárez Franchy con Falange Española, justo cuando se disponía la triste viuda a comprar calzoncillos y calcetines para su hijo en la tienda de Pepe el árabe. Esta vez las autoridades civiles y eclesiásticas no asistieron al sepelio y un profundo estremecimiento atravesó Timanfaya de norte a sur.


Secuencias II


Aquilinito Rodríguez, juez de paz, apoyado en su ilustre bastón, disfrutaba aún los dos “defectos” que lo habían acompañado en su larga y dilatada vida: su eterna soltería y su pasión por las mujeres. Sin embargo, nunca dio la pinta de hombre maleducado, vanidoso y machista. Hombre de bares, eso sí, de cartas y de dominó, del que era un auténtico experto, mantuvo día a día los pies en el suelo, a pesar de su ascendencia “alcurniosa”, como gustaba decir irónicamente.

Pero Aquilinito Rodríguez no sólo era un punto filipino, sino que en ocasiones la escurridiza inspiración lírica lo visitaba y le dictaba unos poemas que, posteriormente, editaba en la imprenta, ubicada al principio de León y Castillo, de su amigo Facundo Perdomo, que siempre le rebajaba el precio pues sabía que lo que haría Aquilinito con aquellos libritos era regalarlos: cuatro ejemplares en la cantina del Casino, tres en la de la Sociedad Atlántida, cinco en el bar de los hermanos Dávila y dos en la Churrería del Parque; además de las que entregaba en mano a sus numerosas amistades. Incluso en el bar Polo, en el Puentepalo, se llegaron a recitar algunos de sus poemas. Sobra decir que sus composiciones tocaban preferentemente contenidos “picantones”, algunos medio amorosos, al estilo de Bécquer y Rosalía de Castro, y otros no eran más que sencillas y juguetonas bromas verbales.

Los primeros se recitaban con frecuencia cuando el gaznate de los parroquianos era regado con el Ron de Arucas en el bar de los Dávila, preferentemente los sábados por la noche, entre tocata y tocata de la Parranda “Los Compadres”; en un ambiente de humo y risas salpicadas de sabrosísimas tapas variadas. El “rapsoda” era el eterno candidato a actor Aurelio González, soltero como Aquilinito, pero con gustos sexuales distintos.


(El próximo viernes, 10 de noviembre:
SECUENCIAS DE UNA CIUDAD (3)

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