Cada vez que pasa delante de la casa, mira con ojos tristes. Tantas y tantas veces entró en ella, donde era recibido con afecto y cariño. Hasta que un día, cuando las copas habían empapado las gargantas profusamente, las palabras perdieron su valor y se convirtieron en dardos envenenados. De repente, todo se vino abajo. Su amigo lo echó en aquel día de tenderete familiar. “No vengas por aquí”, le dijo entre eructos de ron solo. Y así ha sido. Cada vez que pasa delante mira con enorme tristeza enlagrimada esperando que la puerta se abra y lo invite a entrar de nuevo. Pero eso no va a suceder. Todavía el otro sigue con la garganta regada en alcohol de odio e intransigencia. Y da vueltas interminables en el bucle de la ignorancia.
































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