Las calles se llenan de sombreros en las romerías. Todos, chicos y grandes, lucimos uno. Antes, hace ya mucho tiempo, lo normal era llevarlos: solo hay que mirar las viejas fotografías. Hasta que las nuevas costumbres los dejaron en casa y allí se estropearon. Y después desaparecieron paulatinamente las sombrererías. Ahora regresan en las romerías y en los bailes de taifas. Y el semblante adquiere una nueva expresión. Al menos, durante unas horas, la historia se vuelve a repetir. A no ser que una nueva moda se instale sobre nuestras cabezas consumistas y se vuelvan a convertir en una pieza imprescindible. Al tiempo.
































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