Relatos al socaire del alisio (IV): Secuencias de una ciudad (1)

Opinion

juanferreraEmilio Sanjosé comenzó a trabajar en la fábrica del Ron con apenas doce años. Se convirtió en muchacho para todo y nunca salió de su boca una queja. Sus padres le habían enseñado tanto a obedecer que hasta los aumentos de sueldo venideros le llegaron porque sus superiores le tenían en alta estima. Nunca pidió nada. Solamente una vez: cuando murió su madre. Vivía Emilio Sanjosé en la parte baja de una casa en la Acequia Alta a la que se accedía por un callejón lateral de callaos inundado de flores. La vivienda, pequeña y oscura, era lo suficiente para él y su padre, que había sido latonero de profesión y que ahora andaba trincado en una silla llena de dolores. En los días buenos y luminosos, su mayor entretenimiento era ver pasar a la gente. Y entre saludo y saludo disipaba el malestar de sus huesos cansados. No había heredado Emilio las mañas de su padre. O no las quiso.


María González entró a trabajar en el Bazar Novedades un frío mes de octubre de 1956, año en que el invierno se adelantó sin ni siquiera dar una tregua otoñal, presagio de muertes anunciadas para el mes de febrero siguiente. María dejó los estudios en las Monjas pues su familia, humilde, necesitaba otro sueldo que poder echarse a la boca. Huérfana de padre, su madre cosía para la calle, pero su trabajo lento y minucioso daba para lo justo, y a veces ni siquiera para eso. Así que aquel trabajo de dependienta resultó una excepcional salida para su madre y hermanos, si todo salía bien, porque, por ahora, sólo estaba a prueba en el establecimiento de Reginita Reyes, mujer metódica, tranquila y paciente; además de ser la única mujer divorciada de la ciudad en aquella España en que el matrimonio era para toda la vida, fueras feliz o no.


Secuencias IAl maestro don José Luis Martín le encantaba pasear. Todas las tardes iba con su soledad a cuestas por las calles de su ciudad. Y nunca dejaba de hacerlo por su parque del alma, el mismo parque que su padre, jardinero, le enseñara desde pequeño la pasión por la botánica y por el cuidado de las flores. Era don José Luis un maestro muy querido por sus alumnos. Apenas se enfadaba y tenía una paciencia infinita. Y no suspendía a nadie, como Antonio Machado. Siempre llevaba un libro en la mano, y siempre de poesía. Antonio Machado y él eran amigos de toda la vida y, al asomarse al parque y divisar el paisaje que conducía a la costa, se acordaba de su maestro cuando disfrutaba de las tierras de Castilla. “¡Ay que ver, en la distancia Machado y yo, en momentos distintos, hemos pensado lo mismo; lo que ocurre es que yo no sé expresar ese sentimiento universal, como lo ha hecho el maestro”, pensaba don José Luis Martín al tiempo que una ligera llovizna lo trajo al presente de su eterna soltería. Tuvo una novia de joven, pero nadie sabe lo que pasó para que aquella incipiente relación se saldara con la distancia permanente. Luego, ella, María Concepción de la Fe, emigró con su familia a Sidi Ifni y años después regresó convertida en una abuela viuda y encantadora, y tremendamente alegre. Entonces, ya don José Luis dejó de pasear solo.


(El próximo viernes, 3 de noviembre:
SECUENCIAS DE UNA CIUDAD (2)

 


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