Fue Jean Sibelius un hombre orgulloso y tímido, reservado y sensible. Una vida tranquila, sin turbulencias ni pasiones, no exentas de conflictos pero siempre sin estrépito. La música se corresponde con la imagen del hombre y de su vida, refinada, elegante, a veces serena, a veces sombría, sin excesos ni desmesura.
Este mago de la orquesta, que lamentará siempre no haber podido ser violinista - cuando tiene ya más de cuarenta años escribe en su diario: He soñado que era un virtuoso del violin-, supo cantar como nadie el alma del pueblo finlandés y los paisajes nórdicos que tanto amaba. Compositor al que con frecuencia se acusa de no ser más que el cantor de una etnia, supo con sus sinfonías y sus poemas sinfónicos, situarse junto a los más grandes sinfonistas del mundo europeo.
Para su país, Sibelius era y es todavía hoy un objeto de culto, un músico que, en tiempos de la dominación rusa, supo expresar las reivindicaciones de su pueblo, un músico, en fin, que contribuyó a que la cultura finesa franquease las fronteras de su país.






























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