Efectos colaterales
La situación catalana ha puesto en evidencia cómo determinados comportamientos, ahora en primer plano, siempre estuvieron aguardando una ocasión propicia para emerger. Todo estaba ahí, como una espora bacteriana a la espera de una mejoría en las condiciones para disparar su población. Basta con contemplar, con un poco de detalle y algo de ojo crítico, todos esos fenómenos que se están produciendo en torno al hecho catalán. La reiteración de un proceso independentista en Cataluña, no es un hecho novedoso. Como tampoco lo es el de quienes, al amparo de ello, han dispuesto estrategias, tendentes en unos casos a salvar la ropa y en otros a desatar todo el odio adormilado. No hay más explicación. Quizá sí; pero no he visto una capaz de argumentar con la fuerza suficiente que logre convencer.
Que los alardes independentistas, vistos desde todos los enfoques, muestran múltiples y variadas fallas es una evidencia. Tal y como están las circunstancias tanto jurídicas como sociales – e incluso internacionales – la disputa tiene visos de carecer de cualquier oportunidad para alcanzar la meta. Así pues, continuar con el proceso y el contra proceso, resulta agotador para quienes lo vemos desde la distancia. Ni los unos tendrían que continuar con ese denodado empeño, ni los otros con el afán de demonizar y judicializar un hecho carente de todo fundamento – al menos con el vigente ordenamiento –; así pues, lo mejor sería olvidar el asunto y volver a la realidad. A esa, que ya de por sí viene lo suficientemente cargada de asuntos, como para carecer de tiempo que dedicar al asunto catalán.
Con esta situación, ha resurgido el movimiento de salvadores de la patria; con ellos, la violencia ha ido aflorando como en tiempos pretéritos. Y me refiero al resurgimiento porque, a pesar de ser un efecto colateral de tales circunstancias, siempre estuvieron ahí. Hibernados, si se quiere; pero dispuestos a saltar a la primera. Según se expresan, no son violentos, sino que actúan con contundencia en la defensa de la unidad de la patria. Está claro, cualquier motivo es útil para saltar. Hacen lo único que saben, sembrar violencia por donde pasan. Es marca de la casa. Mala cosa si esas células durmientes despiertan ahora y, cualquier oportunidad les resulta favorable, regresan a la violencia de la época de la transición. Espero al respecto, que se adopten las medidas oportunas y frenen a tiempo sus ínfulas agresivas.
El otro resurgimiento, porque siempre estuvo también, es el de la fuga de sedes sociales de empresas radicadas en territorio catalán, y con arraigo en Cataluña. Como si la localización de estas tuviese alguna trascendencia en el día a día de su actividad económica. No obstante ello, sí que lo tiene a efectos fiscales, de ahí la maniobra. Siempre, claro, que ya no tuviesen radicadas actividades en otras localizaciones de tributación más baladí. Por utilizar la terminología al uso. Lo asombroso, que quienes se empecinan en negar la secesión catalana, hayan facilitado (mediante un cambio normativo ad hoc) tales operaciones. Esperemos acontecimientos, en el sentido de ver cómo regresan, una vez amaine el temporal. A ver.
Otro de los efectos colaterales, poco publicitado por cierto, la aplicación inadecuada de algunos preceptos normativos por quienes dicen velar por el cumplimiento de la ley. En ese sentido, se dirigió al ministro del Interior un representante vasco en el Congreso de los Diputados. También, como en los casos anteriores, es un efecto colateral que no es novedoso, si bien coincide con la situación de Cataluña. Así pues, está bien que se produzcan estos acontecimientos para comprobar cómo, a pesar de la sombra de las banderas, emergen comportamientos que siempre estuvieron ahí, aunque permaneciesen como células durmientes.




























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