Relatos al socaire del alisio (II): Victoriano Rodríguez, el pambufo simplón
Aquel verano lleno de hormigas y sin moscas trajo el calor bochornoso del Caribe y de la microalgas. En él, Victoriano Rodríguez, el pambufo simplón, cambió de domicilio y dio con sus huesos en El Puertillo, donde el sonoro Atlántico enjuagaba cada día los callaos de la pequeña y coqueta playa.
Debido a la insistencia de su tío-abuelo, Gumersindo Rodríguez Foronda, le tuvo que admitir que no solo tenía razón sino mucha razón: era un lugar privilegiado. Asimismo, diose a conocer en la Asociación de Vecinos, escondida y destartalada, cuando un día de julio perdiose entre callejones llenos de fragancia de pescaíto frito con mojo verde, dulzón y agradable al paladar: bajaba solo. Era espigado y delgaducho, ojos desconfiados y con un ligero retraso mental que la gente no descubriría hasta pasados tres años, los mismos que empleaba entre violación y violación. Mientras, tenía fama de buen vecino, soltero, pero educado. Lo único que se prestaba a confusión era su mirada rara que, cuando ingería más copas de lo debido, adquiría un tono libidinoso que se esfumaba en cuanto la cogorza pasaba.
Todo se precipitó en el tercer año de estancia en El Puertillo, durante las fiestas. Carmelina Hernández, costurera y soltera, lo miraba con ardiente deseo, pero Victoriano, que ya rondaba la treintena y media, solo tenía ojos para las más jovencitas. Le asustaban los cuarenta de Carmelina, a pesar de mantener una figura excelente, unas piernas perfectas y morenas en minifaldas apretadas. En el bochinche de Matías, en plena Avenida, se pasó todas las fiestas entre cervezas y chochos. Allí podía estar horas y sin moverse de la metálica barra observaba al personal. Era dicharachero y los vecinos lo invitaban con frecuencia. Así podía aguantar mucho tiempo. Y mirando y escudriñando. Como las chiquillas se ponían unos pantalones excesivamente cortos, donde las nalgas insinuaban formas atrevidas, Victoriano andaba como loco. Conversaba con los parroquianos sin dejar de contemplar las atrevidas curvas de las mujeres en ciernes. La entrepierna se agitaba y cuando metía su mano derecha en bolsillo del pantalón, se tocaba y se erizaba ligeramente: hacía semanas que había abandonado las químicas que controlaban su sexo. Los ojos, vertiginosos, no paraban al mismo tiempo que su imaginación traspasaba las fronteras del deseo, como los riachuelos en las imprevistas tormentas. Era Victoriano Rodríguez un caballo desbocado. Sin embargo, nadie notaba nada. Pensaron los parroquianos que se debía su extraña mirada a las numerosas cañas ingeridas, que habían alcanzado demasiado pronto el alcohol en sangre.
Aquella noche, víspera de la fiesta mayor, entre las piedras grandes que escondían a las atrevidas parejas, y con la marea baja, volvió a convertirse en “voyeur”, y agazapado en la oscuridad imaginó que su verga chorreaba encima de la joven, mientras que los desesperados gritos de la joven los interpretaba como gemidos de placer, ahogados entre los ruidosos voladores. Cuando se dio cuenta, pudo comprobar que la imaginación había sido real y al intentar huir cayó entre las piedras. Se dio tal leñazo en la cabeza que inmediatamente buscó la disculpa que emplearía en días sucesivos con la vecindad. La joven, que había quedado traspuesta en los grandes callaos, sollozaba en gritos ahogados y no escuchados, mientras que su joven acompañante yacía con media cara ensangrentada.
ooOOOoo
A la semana siguiente, los parroquianos habían dejado de preguntarle por el golpe en la frente y cuando parecía que todo llegaba a la normalidad, y creía estar fuera de todo peligro y sospecha, el policía municipal Cabriola, insistente y metódico, pesado y preguntón, que devoraba todas las novelas negras que a sus manos llegaban, recordó haber leído en el Diario de Las Palmas una agresión parecida en El Confital tres años atrás. Aquel caso nunca aclarado le llegó a obsesionar en su momento, más como lector empedernido que como policía local. En su casa revisó los archivos, porque todo lo guardaba, y los digitales también.
Comenzó a inquietarse el pambufo simplón cuando percibía que Cabriola andaba cerca. Si lo veía por la Avenida, cruzaba para no tener que saludar y, cuando recalaba en el bochinche de la Asociación de Vecinos, se disculpaba Victoriano con que se le había olvidado un encargo que le había hecho su persistente y mayor tía-abuela. Cabriola, sabedor de las inquietudes sobrevenidas, actuaba con sigilo y enorme paciencia:
--- ¡No te apures, Victoriano Rodríguez, no te apures!
ooOOOoo
No hacía nada fuera de lo habitual: paseos diarios por la Avenida, dominó y cartas en la Asociación, cervecita en el bochinche de Pedro (todos los bares en El Puertillo eran bochinches) y charlas con Carmelina Hernández, que soñaba despierta, y todas las noches, con subir al altar con Victoriano. Buscaba ella cualquier disculpa con el fin de afianzar ideas y compromisos que solo en su cabeza bullían. Cada vez vestía con más intención y cada vez interpretaba para sus adentros los besos y abrazos no recibidos. Victoriano se apuntó en el equipo de Bola Canaria y aprendió rápidamente. Al principio no daba pie con bola, nunca mejor dicho, pero era un hombre de retos. Un día, el presidente del equipo, le dijo que ya estaba listo para fichar y que si le interesaba debía hacerlo en la Federación, en la capital. “Más que nada para tener seguro médico”, le dijo. “En el campeonato de Navidad, ya podrás jugar con nosotros.”
Mientras tanto, el guardia Cabriola no cejaba en su empeño, al que le dedicaba incluso los días libres. Siempre había soñado el policía Cabriola con ser agente secreto y vestir de paisano. No es que despreciara el uniforme, ni mucho menos, sino porque creía que de incógnito, como le gustaba decir, podría demostrar su eficacia y astucia.
Y un día de invierno, seis meses después, recordó que la joven atacada en las grandes piedras del Puertillo le había hablado de una esclava brillante que llevaba el agresor en su mano derecha. “¡Dios mío, cómo se me ha podido olvidar ese detalle!”, pensó el agente. Hasta que se percató de que el único portador en todo El Puertillo que utilizaba semejante adorno era Victoriano Rodríguez, el pambufo simplón. Y también recordó que la agredida en El Confital tres años antes “hablaba de una musiquilla de argollas o algo así”.
El día de Reyes por la tarde el juez dispuso su ingreso en prisión. Y no pudo disfrutar Victoriano Rodríguez, el pambufo simplón, de las mieles de la Bola Canaria.




























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