Relatos al socaire del alisio (I): Pepe Calzoncillos

Opinion

juanferreraCuando Pepe Calzoncillos, hombre de dos pisos, operose el culo y dejóselo blanco blanquísimo nuclear, ya había dejado de cagar en el retrete. Ahora evacuaba en la lavadora de carga superior, donde los sonidos “culinarios” se expandían desde la solana y ensordecían el patio interior del edificio.

La comunidad de vecinos cargó contra él, pero el Tribunal Superior de no se sabe dónde no solo le dio la razón sino que manifestó, en magnífica y elocuente sentencia, que “con su culo podía hacer lo que quisiera, que para eso era suyo y solo suyo, como si lo coloreaba en rosa palo o en un ocre desteñido, que queda muy bien”. Otrosí, el nalgatorio de Pepe Calzoncillos no lo iba a ver nadie: su fuerte pudor, y sudor también, le impedían mostrar sus partes pudendas, incluso en las noches, ahora blancas, de amor desenfrenado. De lo que se infiere que su blanco pompis pegaba, en perfecto maridaje, con las níveas navidades que añoraba disfrutar en los helados fiordos noruegos.

En el bar de la esquina contó ésta su última operación estética y los parroquianos, que no creían lo que oyendo estaban, pensaron que Pepe comenzaba a perder la cordura, pero no la gordura: Pepe Calzoncillos sudaba en demasía y su barrigota, cada vez más colgante, adquiría cierto parecido con los Jardines de Babilonia y las casas de Cuenca. Caminaba ahora con el culo trincado y con más elegancia, y su natural ánimo había ganado en alegría y verborrea: no paraba de hablar: en su casa, en el ascensor, en el bar, en la guagua de Escaleritas, donde su hermana, y en la del sur, que tomaba todas las tardes en San Telmo para ejercer de “guardián de noche” en uno de los complejos de bungalows del Campo Internacional.

Deseaba, por encima de todo, pregonar las fiestas de su pueblo: su pasión por los micrófonos era bien conocida desde aquellos lejanos tiempos de su primera juventud en que “radiaba” los partidos por los altavoces del campo de fútbol de tierra colorada. Además de su blanco e inmaculado trasero, del que solía presumir en cualquier momento y lugar, viniera a cuento o no, quería demostrar que era capaz de hilvanar las palabras con cierta maestría y que “a pregonero no hay quien me gane”. Sin embargo, su mayor y único sueño era convertirse en sacristán de su parroquia.

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Pepe Calzoncillos, cuando Carmen Delia fue designada como nueva sacristana, no solo enloqueció de rabia sino que de su natural cabreo pidió una sábana vieja a su hermana y plantó en ella con indeleble tinta negra una curiosa reivindicación: “Oposiciones Libres a Sacristán YA”. Consideraba Pepe que en su persona se daban todas las cualidades para el cargo: facilidad de palabra, saber hablar en público, improvisar y cantar derechito. Además, “soy serio, devoto, apreciado en el lugar y respetuoso con mis vecinos y nunca he sido objeto de habladurías”. Mantuvo la protesta durante una semana a la salida de misa de seis y media, hasta que llegó la autoridad competente, personificada en Narciso, el guardia, y le conminó a deponer “esa actitud tan fea, Pepe; si no hubieses sido tan bocazas con lo de tu culo, hoy serías el sacristán vitalicio. Así que lo más probable es que ya no puedas serlo en esta vida; a no ser que esta Carmen Delia la palme antes, que lo dudo mucho: es una mujer fuertota.” Pepe sentía que la vida le propinaba un fuerte leñazo: “¿qué tiene que ver mi trasero con el cargo eclesiástico? Don Aniceto, el cura, no me ha dicho nada; ni siquiera me lo ha insinuado. Claro que el hombre es muy mayor y quizás por eso mismo...”

Andaba Pepe Calzoncillos tan metido, y tan de lleno, en sus cavilaciones obsesivas que el carácter comenzó a cambiarle: ensimismamiento, ensoñación, distracción y parquedad de palabras se convirtieron en su nueva personalidad, de la que el mismo Pepe ni siquiera llegaba a ser consciente.

--- Pero, Pepe, mi niño lindo, ¿qué te ocurre?--- le dijo su jefe, el director canario-alemán del complejo de bungalows, cuando lo vio tan absorto en sus pensamientos.

--- Nada, don Marius, cosas mías--- y ahí quedó la conversación, suspendidas en las hojas de la palmera de la piscina grande.

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Carmen Delia superó aquella dura batalla de peligrosísimo fuego enemigo con dignidad inquebrantable y fe berroqueña. Cuando vio que el guardia se llevaba a Pepe del lugar, pudo descansar y pidiole a la Virgen, una vez más, un hombre bueno que le hiciera cosquillas en las noches solitarias:

--- ¡Te lo pido, madrita mía del Pino!, un hombre serio y aseado!

Un día, por pura casualidad, viendo el escaparate de Clarita Ramírez, en plena calle de León y Castillo, hizo Carmen Delia un comentario sobre las figuras de barro del Belén, sin percatarse de que la sombra que a su lado estaba era el mismísimo Pepe Calzoncillos. Cuando ella alzó la vista y lo miró, quedose plantada en el lugar, un nerviosismo sereno corrió por sus venas, sus pies quedaron inmovilizados y sintiose pegada al suelo. Pepe la observó con detenimiento y asombrada alegría y pensó que su piel trigueña debía ser como la seda. Sonrió él; sonrió ella y cruzaron apenas unas palabras. Sentíanse los protagonistas de una película en plena calle abarrotada de gente. Y, así, en aquella tarde fría de diciembre corrió por el interior de sus cuerpos un calorcito que los acompañaría el resto de sus vidas, y que no lograron interpretar en su dimensión real hasta muchos años después. Al día siguiente, una mirada cómplice y otra sonrisa “Monalissa”. Y al otro, sábado, al finalizar el último oficio, la esperó a la salida de la sacristía.

Entonces Pepe Calzoncillos convirtiose en “sacristán consorte” para siempre.


(El próximo viernes, 13 de octubre:
VICTORIANO RODRÍGUEZ, el pambufo simplón)

 


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