A media mañana, el cielo gris atravesado por dos palmeras unidas, sirvió para que el viajero, añorando la imagen perfecta, o casi, plasmara el momento. Los distintos tonos grises, y un azul que se esconde, avivaron los colores del escalonado barrio que ha escondido la montaña sobre la que se asienta. Esa tela de araña de casas y colores se precipita sobre la ciudad, que no ha dejado de crecer hacia el mar, robándole un terreno marino que no le pertenece. Dicen los viejos que “el mar siempre reclamará lo que es suyo”. Mientras, en lo alto, donde la visión adquiere el tono de la omnisciencia, la ciudad se despereza de su letargo dominical.































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