No puede ser que cada dos por tres tengamos que reivindicar la libertad de expresión. No puede ser que la ley mordaza valga más que la palabra libre. No puede ser que los juzgados se conviertan en las prisiones de las palabras. No puede ser que a estas alturas de la democracia que vivimos, estemos reivindicando algunos de sus aspectos básicos como si fuera la primera vez.
Es verdad que vivimos tiempos convulsos y raros. Es verdad que la manipulación se ha convertido en argumento. Pero viene a resultar que las personas no somos burros adocenados. Y, aunque la realidad quede distorsionada por los manipuladores mediáticos y políticos, seguiremos luchando para que la libertad de expresión no encuentre barreras ni banderas que la puedan mutilar. Ni espejos que nos despisten. Ni palabras huecas tampoco.































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