La cantonera que refleja la Heredad se asoma cada mañana a recibir al viajero, que, con paso pausado, se ha percatado, acaso por primera vez, del saludo del agua quieta, del cielo azul y de la esporádica presencia de las ranas, que, al chapotear en el pequeño estanque, luchan por hacerse visibles en el entorno de la ciudad.
La cantonera renace en los días azules y se esconde en los grises, como si no quisiera saludar a sus vecinos. Bien es verdad que pocos la miran, pero ella, en su eterno afán por agradar, no ceja en su empeño, que es permanente y tranquilo. Nunca ha sido amante de los aspavientos la cantonera. Nunca se ha quejado cuando las aguas nuevas y limpias no la visitan. Sabedora de su papel en la ciudad centenaria, se ajusta al presente: esto es lo que hay y no hay que darle más vueltas; le dijo un día el labrante que colocó su última piedra tiempo ha.
Ha sabido sobrevivir a los tiempos y a los cambios. Así que la cantonera se siente satisfecha cuando la miramos y refleja en nosotros el paso del tiempo.
































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