Cada atardecer de mayo, la farola de la esquina se agranda y proyecta su existencia en la vieja pared de siglos. Es como estirarse en el tiempo, agrandarse en el pasado. Desea la farola ser contemplada en el paseo vespertino. Agradece la farola la lenta mirada del transeúnte desconocido. “¡Mira, me ha mirado!” y trata de llegar al suelo para saludar. Ansía la farola el acercarse y charlar de tú a tú. Pero sabe que no puede, que su misión es otra: la de iluminar el camino en las noches oscuras. Y aunque ella no lo crea, su labor es trascendental porque puede iluminar no solo el camino que recorremos sino los corazones más sombríos.































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