Turismo

Opinion

leonilojulio2017Desde hace unas fechas, en determinadas zonas del territorio español, se ha desatado una suerte de resistencia frente al turismo. Diversas son las acciones emprendidas para oponerse a dicha actividad. Algunas, como acaba sucediendo en tales situaciones, dignas de la mayor de las repulsas. Otras, por su naturaleza, se muestran menos agresivas. Desde el reparto de octavillas hasta la algarabía, sin olvidar el confeti; mientras, algunas son menos defendibles, como los pinchazos de ruedas, entre otras. En cualquier caso, sea cual sea su naturaleza ha encendido algunas alarmas. También, ha permitido generar una cortina de humo, lo suficientemente densa como para ocultar otras situaciones.

El hecho de producirse en unos momentos especialmente convulsos, ha generado una respuesta orquestada con objeto de presentar mociones, en todos y cada uno de los ayuntamientos donde tenga presencia el PP, en defensa del turismo. En otras palabras, se inicia una cruzada en pos del grial del turismo. De nuevo, como sucede en casos parecidos, volvemos a encontrarnos con los dos bandos. Por un lado, en este caso, quienes se postulan a favor del turismo sin más atenuantes. De otro, quienes piden soluciones para una actividad, el turismo masivo, necesitado de control. Que, como alguien dijo acertadamente, se trata de una actividad industrial con efectos diversos sobre las personas y el entorno donde se desarrolla. De ahí la necesidad de regular tal actividad, no tan inocua como se nos quiere hacer pensar.

En esta aparentemente sutil confrontación de ideas están quienes no ven, en la masificación del turismo, ningún riesgo a corto plazo. Es más, se sienten muy agradecidos con tal situación. En algunos de estos casos, tras esa defensa a ultranza, se refleja un interés comercial. Con la llegada masiva de turismo, la demanda de servicios se incrementa y, en una economía donde priman oferta y demanda, el resultado es inevitable. Se incrementa el volumen de negocio. Da igual los efectos a medio y largo plazo, a corto plazo la caja acrecienta su nivel. No es que esté mal; ahora bien, no sé si se plantean los efectos del deterioro continuado que propicia este tipo de masificación en los resultados futuros.

En el otro extremo de la balanza, aparecen quienes muestran sus recelos por las consecuencias. Algunas de las cuales ya son patentes. En determinados territorios, donde el turismo es la principal fuente de ingresos, se están evidenciando los efectos sobre el precio de los alquileres. Es proverbial el caso de Ibiza, donde quienes van a la isla, no con fines turísticos, están siendo expulsados por la dificultad para poder afrontar el elevado precio de aquellos. Ya se hablaba de este asunto, el ibicenco, antes de surgir la polémica. Otras zonas de España se están viendo afectadas por dicho fenómeno. Otro aspecto, que no tiene relación alguna con el precio del alquiler, se relaciona con la tranquilidad de quienes habitan la zona desde siempre. No sólo eso, sino la compra de edificios en determinadas zonas de ciudades con atracción turística, lo que conduce a un éxodo masivo de quienes siempre habitaron en los mismos. El mercado y sus efectos; sobre todo, cuando se liberaliza sin afrontar sus consecuencias.

En torno a este asunto, para no asumir la necesidad de una reflexión sosegada y realizar un tratamiento riguroso del mismo, se introduce un nuevo elemento: su errónea denominación. No tardaron en hablar de turismofobia. Está claro, supone una simplificación interesada de dicho asunto pues, si nos paramos un momento no se trata de una ni de una aversión ni un rechazo al turismo. Ni siquiera en su acepción psiquiátrica, aunque el asunto adopte tintes de dicha naturaleza, por el afán de utilización inadecuada al que se ha sometido la situación. Si hay algo cierto en todo esto es la necesidad de una reflexión sosegada en lo que al turismo se refiere, como actividad industrial con sus consecuencias, favorables y desfavorables. No dejarlo, una vez más, al albedrío de espurios intereses.


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