Aparentemente luce en solitario; sin embargo, la palmera no está sola, a pesar del entorno gris del momento. Está cerca de una plaza, lo que le garantiza algarabía infantil casi permanente, cuando los chiquillos dejan sus pantallas y salen a socializarse. Suele ocurrir cada tarde, donde los juegos que una vez fueron nuestros ahora son de ellos. Y sus gritos, y sus risas, y sus saltos son el símbolo de una existencia vivida en todo su esplendor. Aún no han descubierto a la palmera que los observa y que busca parecidos. Ya tendrán tiempo: en otro momento y en el mismo lugar. Espacio que cambia a la vez que la vida, a pesar de ser siempre el mismo. Y crecerán los chiquillos. Y la palmera se pondrá nostálgica en el gris norteño.































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