“Recuerdo aquel tiempo de enfrentamientos de manera muy triste. Y nunca entendí la actitud de aquel alcalde sin arraigo que vino de fuera. Era un anticlerical empedernido y cada vez que se echaba tres copas en el bar de los Dávila, al ladito mismo del ayuntamiento, decía que acabaría con la iglesia. Estaba tan harto de los curas que durante su largo mandato no fue ni una vez a misa ni a ninguna procesión. Su obsesión era derribar la iglesia y promover un gran centro comercial en el mismo espacio. Todos reían sus ocurrencias, hasta que llegó el día del derribo, y los días siguientes también. Entonces prolongó la calle; levantó una torre sin iglesia y la ciudad cambió de nombre. Veinte años después, el centro comercial solo está en los papeles.”































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