El cuidado de lo invisible

Opinion

pedrorodriguezmoyEn los tiempos que corren, aún hay quienes se empeñan en dejar a un lado las prisas y la impaciencia para ofrecer una asistencia de calidad integral a aquellos pacientes y familiares que atraviesan uno de los peores momentos de sus vidas: sobrellevar la vida en un box en urgencias del hospital Dr. Negrín de Gran Canaria.

Partiendo de esta premisa, el hospital Dr. Negrín de Gran Canaria, su personal, trabaja y centra todo su esfuerzo en la humanización de los cuidados, buscando aliviar en la medida de lo posible, los duros momentos de la estancia en el servicio de urgencias, tanto para la persona asistida como para sus más allegados.

Hoy les voy hablar de una noche en el servicio de urgencias, precisamente hoy hace una semana que como profesional estuve allí.

Quiero hablarles del Cuidado de lo Invisible, de lo subjetivo, lo emocional y lo intangible. Y de éstas le voy hablar ahora.

Entre tanto alboroto en el servicio de urgencias pacientes y familiares comparten el espacio mientras esperan ser atendidos, las conversaciones se superponen a un sordo rumor que intranquiliza y en ocaciones hace explotar a las personas enfermas. Repentinamente un hombre estalla, grita y se indigna, al lado otro señor que no se encuentra bien, se fatiga, y percibe que se está desencadenando el proceso de la grave enfermedad que padece, y que parecía controlada tras largas sesiones de quimioterápia.

Hoy parece haber más gente que de constumbre, mientras tanto continúan los ingresos, lo que hace llegar a que el servicio se vea colapsado.

Hay un buen número de personas mayores que aceptan estoicamente el dolor. Enfermeras, auxiliares, médicos y celadores sortean camillas, pautan tratamientos y trasladan a pacientes a diferentes pruebas diagnósticas, siempre a la carrera. Una madre abatida es incapaz de articular palabra, se retira silenciosa de la camilla de su hija, desconzolada y sollozante a un rincón. Me acerco a ella a tratar de consolarla, no tengo muchas respuestas para ella que desnuda su corazón, empapando mi alma de secretos, aflicciones y confeciones que al final fui capaz de adivinar el tormento por el que estaba pasando su hija y como esa mujer rota de dolor me estaba contando como terminamos tan empobrecidos los seres humanos.

Ella espera con paciencia infinita a que su hija despierte, finalmente transcurridas tres horas, despierta. Luego pasa a una sala de observación donde permanece otras dos horas. Su madre desesperada entra y sale del recinto, aún no puede comprender como su hija fue capaz de intentar suicidarse. La angustia se extiende por la sala, todos somos participes de las dolencias de los diferentes pacientes en una comunidad de gemidos. Nadie parece poder abandonar la sala, ni siquiera aquellas personas con un diagnóstico claro reciben el alta, un trámite burocrático que se retrasa inexplicablemente porque los médicos no encuentran el tiempo necesario para redactar los informes.

Ingresa un paciente joven, dolorido, lo acompaña la policía, se queja teatralmente de dolor, sube y baja de la camilla, se quita la camiseta, resopla, finalmente terminan contencionándolo, empezó amenazar, demandar, agitado y vociferante, los agentes de seguridad acudieron para reducirlo pues tenía el mono. Unos minutos más tarde también llegó la policía nacional.

Mientras se produce un conato de rebelión en la sala, las personas explotan airadas, es el mundo al revés, el servicio de seguridad trata de contemporizar y tranquilizar los ánimos, los familiares se animan y los sublevados increpan con acritud al personal sanitario, nadie parece ponerse en el lugar del otro.

Entre todas las cosas chocantes que sucedieron esa noche quizás la más extraña fue comprobar como dos personas que en principio no tienen la competencia necesaria, eran las únicas que trataban de dar alguna explicación al caos circundante. Una pareja de guardias de seguridad debatían con los familiares de los pacientes sobre la desatención y el abandono aparente que sufrían sus familiares, atribuyéndoselo siempre a la apatía del personal sanitario.

Como sanitario confieso que es duro trabajar en éstas condiciones, es desalentador e incluso incapaz de conciliar la vocación de cuidar a los demás. Por eso mirar al otro, yo a ti y tú a mi, nos produce una corriente de simpatía y comprensión mutua que se extiende por toda la sala de urgencias, poniéndonos en el lugar del otro y reconociendo el trabajo silencioso y abnegado de los sanitarios, de la enorme presión asistencial y las dificultades para ejercer un trabajo de comprensión del dolor y sufrimiento del otro sin protegerse con la máscara de la indiferencia y la fría profesionalidad.


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