En el Guiniguada XI
Don Adán del Vergel y Murphy seguía recalando por la zapatería en las mañanas soleadas; con el frío no se atrevía de casa, le decía a Maestro Cipriano, “así que vamos a aprovechar este rayito, amigo Cipriano”. Y enfilaban los dos al Bar Perico, no podía ser otro. Por las tardes apareció por el lugar un personaje enigmático y desconocido para mí: el vigía de La Isleta, Narciso Ferrera, hombre raro y peculiar, amigo de los tiempos de la infancia de Maestro Cipriano, al que veía de San Juan a Corpus. Lo cierto es que el hombre era un volcán de palabras y muchísimas veces no entendía lo que quería decir.
“Ya ves, Cipriano, me he convertido en el vigía de La Isleta gracias a un primo lejano que trabaja en la Cámara de Comercio, Industria y Navegación, allí, en León y Castillo. ¿Hace cuántos años que no nos vemos? Éramos unos críos. Pero yo siempre supe de ti por tu concuño Evaristo, el de Lola, zapatero como tú en el Puerto. Por él sabía de tus chanclas y de tu larga familia. Ya ves, vivimos en la misma ciudad, pero apenas nos hemos tropezado. De ahora en adelante, vendré con más frecuencia; bueno, si no es molestia. Porque a mí, la verdad, no me gusta incordiar en el trabajo de los demás. Bueno, pues, decía que Evaristo, que ya sabes que tiene la zapatería en la azotea del edificio de la calle Padre Cueto, que no sé cómo carajo sube la gente los sesenta y ocho escalones que tiene, es buena gente y el negocio también le da para vivir; no se hará rico pero vive con holgura. Cada vez que llega el verano, diseña unas chanclas cómodas y artesanas que son una locura entre los turistas del Parque de Santa Catalina. Allí el hombre saca un dinero extra que lo pone la mar de contento. Ya sabes que no tienen hijos, pero se ve un matrimonio y tranquilo. ¿Qué cómo sé todo eso? Pues por Günter Müller, el alemán que vive al lado. Hace años que somos amigos y alguna que otra juerga nos hemos corrido por La Isleta. Siempre acabamos en las inmediaciones del Santa Catalina, en la zona de Ripoche Street, como se dice ahora. Bueno, tendría que decir Catalina Park también, pero no me sale. Sí, sí, Günter es un alemán de Baviera que ya lleva unos años afincado en el Puerto. No, no, vive solo. Soltero empedernido. Debe tener una buena paga porque el hombre aquí no trabaja. Parece ser que fue oficial del ejército. Alguna que otra vez me ha dicho Evaristo que cuando viene cargado de copas, para en la zapatería y habla y habla sin parar. Lo que pasa es que Evaristo no le hace mucho caso, y como el hombre tampoco maneja muy bien el idioma, pues no se entera de lo que realmente quiere decir. Eso sí, de mujeres no habla nunca; no sé yo si es lila o no. Y como Evaristo es tan discreto, nunca dice más de lo que yo sé o creo saber. Últimamente hemos hecho mucha amistad y nos echamos las copas juntos. Y he visto cómo los ojos se le dislocan en las noches capitalinas, cuando ya la policía hace la vista gorda por Ripoche Street y salen de las salas de fiesta los artistas disfrazados de mujer. Sí he notado que al verlos se calla, mira y el silencio habla.”




























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