Libertad de pensar con atribuciones propias
Del famoso dicho aquél “hay que practicar con el ejemplo” al “ignorante vividor de tres al cuarto” y “lee para luego poder hablar” podríamos estar escribiendo líneas y líneas sin parar ni siquiera, a tomar el aliento necesario que nos haga reflexionar sobre lo que estamos haciendo. Parece una frase poco menos que filosófica, algo enmarañada o carente de singularidad pero, es lo que hay, trata tan sólo de asemejarse a lo que los políticos dicen, a las praxis desalmadas de buena parte del Gobierno instalado en la corrupción de sus modos, en la mala educación y las formas de otros parlamentarios o en la distorsionada alusión a la democracia, a los derechos sociales y a las libertades de una Constitución que se nos antoja obsoleta.
Y es que nos estamos dando con la misma pared, tropezando con la misma piedra y cometiendo los mismos errores; un partido no es un símbolo determinado con un rostro maquillado; la ética se le presume aunque si bien es cierto, nada es presupuesto del todo, siempre ocurrirá que el protagonismo de una cara fotogénica se hará con los mandos de una nave en la que la tripulación será la autentica artífice de que no se hunda y la faz que aparece en su bandera un simple aventajado o aventajada al servicio de sus votantes; usando símiles de navegación para tratar de infundir algo de sentido a las palabras diré que es esta masa social ciudadana que pone su voto en la urna la que tiene en su mano sabotear a quién trate de engañarle con demagogias de panfleto pobre, abordando cualquier síntoma de malversación tanto de palabra como de hecho.
Se ha instaurado en estos años que el hedonismo circunstancial se convierte en narcisismo total, sea de la ideología que se nos ocurra está pasando en estos tiempos; por la derecha se mantiene errático Rajoy, por la punta de la manga el rostro apuesto de Rivera, por el comienzo del codo izquierdo el siempre atractivo Sánchez y por la parte de la espalda dónde no llegas nunca a rascarte cuando te pica un mosquito, sobrevuela el zumbido de Pablo Manuel, haciendo la vida imposible a todo aquél que se le ponga en el camino hacia una gloria imposible.
Entonces, ya estamos de nuevo a la zaga de la fortuna, buscando entre coaliciones apaños o tratos imprecisos a quién hay que darle el voto de la esperanza, a quién no entregárselo de nuevo, a quién favorecerá si votamos en blanco o que harán con nuestra abstención de llegar el caso. Está claro que las cosas de la política han sido hasta ahora estrategias urdidas de personajes extraños, movidos por el dinero, a salvo de la justicia y libres de conveniencia; es contra estos seres de honestidad deforme contra los que hay que luchar sin descanso, tratar de evitar que lleguen al poder sin que nadie les observe, atrincherados en mayorías con las que derogar leyes, imponer normas o mover a su antojo las fichas de una desabastecida sociedad.
Debemos ser consecuentes y reconsiderar que un cambio es necesario, que la Constitución pide reformas inmediatas, que la lealtad de la clase política hacia la ciudadanía es el primer lance contra el que luchar con inteligencia, sin despreciar pactos con los que subir escalones hacia el progreso del país y no incomodarse por el mero trámite de dar su brazo a torcer sin pensar en la ideología ni con fines partidistas. Así se construye, no dejando al libre albedrío a los programas ineficaces, sin dotar al Gobierno de mayorías absolutas y no pidiendo un voto a cambio de dinero para una parte tan sólo de la ciudadanía española que conforma el Estado.



























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