“Me acerqué a la orilla de la isla para no perder la esperanza; tal y como le sucedió al poeta Pedro García Cabrera. Encontré agua y espuma blanca, que constantemente venían a saludar. Mientras la negrura se levantaba como un muro en el mar, pensé que el Teide me subiría al cielo, donde me convertiría en un narrador omnisciente. Pero mi vanidad logró atraparme y me transformé en un estúpido y engreído personaje de novela decimonónica. Solo el poeta me devolvió a mi verdadero lugar: el de un iluso pescador que perseguía las realidades profundas en olas espumosas. Y cuando terminó la estrofa, ya andaba yo diluido en las páginas del libro. Nunca logré superar mi mediocridad. Pero creo que la sociedad de hoy tampoco.”





























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