Llévate una vieja, que hoy cogí dos

Quico Espino Domingo, 14 de Mayo de 2017 Tiempo de lectura:

auritapescandoTodas las mañanas de verano Mami contemplaba el amanecer pescando en el Prisma, ensimismada con el rumor del mar, mecida por las olas. Su delicada figura, vistiendo su clásico mono negro, se mimetizaba con el color umbrío del muelle, cuando aún los rayos del sol no habían franqueado la oscuridad, a esa hora fantasma en la que ni es de día ni es de noche. Sólo la gorra blanca que siempre se ponía y el pañuelo que se colgaba a la cintura delataban su presencia. A su lado, elemento inseparable, el balde con pan duro y gambas que usaba para engoar a los peces, y, entre sus manos, la caña que ha lanzado con la ilusión de pescar una buena pieza.
-Llévate una vieja, que hoy cogí dos. Y cada una pesa lo menos medio kilo. La sancochas con una papita y ya tienes el almuerzo, mi niño –me dijo una mañana, después de que yo le leyera unos poemas que ella había escrito sobre el mar:

La mar pide silencio
con la resaca de sus olas.
¡Ssssssssss!
Quiere que escuchemos la melodía
que sale de sus profundidades.
Una música de color azul marino.
Un concierto de caracolas.

La mar me despierta en la oscuridad de la noche.
Tiembla la casa.
Las olas rompen contra las rocas,
dando alaridos de dolor.
Aunque la amo,
aunque hablamos en la calma,
me atemoriza la mar.
Ataca como una loca,
sin freno. No es dueña de sí.
¿Qué le habrá pasado?
¿Quién la habrá herido
para que reaccione con tanta virulencia?
A la mar, que también siente,
la abruman sus sentimientos
y, a veces, explota.
La conozco.

Tímida era la mar.
Sólo acariciaba el malecón durante la noche.
La luna miraba, arrobada,
el brillo de las aguas,
una luz que ella les confería.
Una nube, celosa,
se cernió en el cielo
y la mar sintió gruesas gotas
que caían de lo alto.
Era la luna que lloraba.

-Gracias, Mami. Eres un primor –le dije, cogiendo la vieja que me ofrecía, intentando pellizcarle la mejilla una vez más, mientras le cantaba: “Tú eres como el sol de la mañana que entra por mi ventana...”. Ella, de entrada, rehuyendo mi mano, me llamó malandrín, pero luego se rió, me dijo: “Ay, mi pinzón azul”, y me dirigió una mirada igual a la que siempre me dedicó mi madre. A las dos las tengo en un altar.

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