La sociedad en busca de la unidad contra el caótico porvenir ciudadano

Opinion

juanantoniosanchez4189Es posible que la manera de actuar de Podemos no sea la más recomendable, puede tal vez, que por sí sola no consiga nada que no sea un mero acto de rebeldía ante la sumisión del resto de la sociedad española a los deseos del Gobierno, puede que los autobuses con mensajes de ataque directo a la corrupción se conviertan en momentos insuficientes de inconformismo pero, de lo que sí podemos estar seguros es de que la formación morada es la única que hasta ahora se ha comprometido con una colectividad social harta de los casos de deslealtad política existentes. Si la mesura llega a la base de Podemos puede tal vez, que atraiga a adeptos que se están yendo por las variantes de un momento político indeciso, moderado, conservador y poco exigente ante la precariedad social reinante.

Las encuestas no dicen más allá de dónde llega la tesitura normal de un supuesto equilibrio, es decir, son muestras de querer insuflar confianza a la ciudadanía, de pretender con ellas alentar a la credibilidad del Gobierno y malgastar algo del erario en satisfacer las demandas de algunos intervinientes por acallar los ánimos aparecidos en la ofensiva opositora. La vacuna contra la corrupción que se ha inyectado el Presidente Rajoy ha dejado en décimas de sopor a sus más fuertes contrincantes, les mantiene a un margen tan difícil de asaltar que sin duda, esto demostrará de una vez por todas que Podemos sin el PSOE no es nada y el PSOE encasillado en sus batallas internas a las que ha dejado demasiado tiempo para solucionar de una vez por todas, comienza a convertirse en un espectador de primera para invitar a las fuerzas de la izquierda a un contraataque que anime los Presupuestos Generales del Estado, la revisión de una Constitución obsoleta, un cambio radical en la Reforma Laboral, un imprescindible Pacto por la Educación y un freno al cómplice del PP, el buen punto que se ha apuntado con Ciudadanos y tras el éxito obtenido en Francia les sirve de garante a sus intereses partidistas por más que lo nieguen una y mil veces; el PP puede estar contento de que le han puesto en bandeja de oro una legislatura que le durará lo suficiente como para permitirse el lujo de derogar algunas cuestiones antes de convertirse en enmiendas asequibles con la ayuda de sus correligionarios y de sus pactos internos con comunidades beneficiadas de un voto premiado con una excelsa cantidad de euros a sus respectivos arcones.

Es lógico que en un país como el nuestro las divergencias dentro de la formación considerada un logro de su líder en cuestión de tiempo llegarían más temprano que tarde; el radicalismo no es bien recibido en una sociedad demócrata, ejemplo de Transición y equilibrio de sus valores. El Parlamento es el espacio reservado para luchar democráticamente en política para conseguir logros a la ciudadanía y provecho al pueblo que cada escaño representa, no es un circo en el que confundir demagogia con descalificativos o risas y aplausos con un reality show cara a una audiencia incrédula con las formas y escéptica con las subidas de tono que denotan poca altura de Estado.

Cada día aprendemos, algunas veces demasiado tardía viene la inspiración para poder reflexionar la información como es debido, normalmente siempre nos adelanta el impulso súbito antes de darnos cuenta de si lo que hacemos, hemos hecho o haremos es lo correcto o lo más conveniente en ese momento. Nos dejamos influenciar demasiado pronto por alientos venidos de forma curiosa y que nos causa cierto grado de ebriedad entusiasta provocado por las palabras, los modos y las formas de un orador bien preparado que surge de un movimiento social en su día exitoso y se sirve del éxito pasado para revertirlo en intereses futuros. Hasta ahí todo puede ser preceptivo de ser admitido como un hecho provocado por la disconformidad social, hasta ha valido para dar rienda suelta a nuestros pensamientos ideológicos apolillados y que se habían convertido en procederes sumisos con un bipartidismo añejo.

Pero no está hecha España para vivir momentos de sublevación radical, si para demostrar al Gobierno nuestra desazón con su política usando las movilizaciones pacíficas para darlo a entender no sólo en Moncloa, sino en el resto de Europa; perseguir un acuerdo con la Unión Europea para pagar nuestra deuda de una forma asequible, sin que caiga en peligro el crecimiento que se vislumbra es un cometido indispensable que no puede tardar en ser presentado al Consejo Europeo. Pero es a nivel interno, en nuestra política de calle, en nuestros estamentos públicos y en la ciudadanía dónde debe llegar el mensaje que alimente la esencia de nuestra sociedad, el trabajo, la educación y al asistencia sanitaria, el acceso a una vivienda digna y la oportunidad de demostrar que somos capaces de convertirnos de nuevo en ejemplo social para el resto del continente, alejados de los radicalismos de unos países poco dados a la coherencia en otros continentes y de amiguismos insanos producto de una falta de ejemplaridad para con sus votantes, sin decir basta a un obsoleto dictador venido del mercado laboral incapaz de conducir con sentido común el país que cometió el fatídico error de nombrarle Presidente. Se es demócrata cuándo se usa la democracia para comandar un proyecto de país, podríamos decir que el demócrata de bien es aquél que no confunde su egocentrismo con el poder de las herramientas que la Constitución le otorga; deja de ser democracia cuando condenas a otros por pensar de diferente forma, cuando usas las herramientas para doblegar violentamente al pueblo y mirándote al espejo atusas tu poder con parsimonia.

Disponemos de una forma menos provocadora de usar la democracia en España, más mesurada, equilibrada y constante en sus manejos, excepto cuando se abusa del poder para enriquecerse claro; es por tal motivo por lo que hay que protegerla de fanatismos malsanos y erradicar la violencia tanto física como verbal de quienes ostentan el poder de representación. Contribuir al renacimiento de una economía fortalecida por el trabajo es querer hacer lo que se debe, creer lo que la ciudadanía demanda y convertirlo en esfuerzo para conseguirlo; adherirse a una provocación constante es perder el tiempo en reproches a las que la Justicia se sobra de atender como la Justicia ordena. No perdamos más el tiempo en mirarnos el ombligo, convirtamos el tiempo en provecho y el deseo en realidad usando las herramientas que para ello se han construido en nuestra legislación; esperar a que uno solo arregle el desatino es no tener la más ligera idea de lo que es el trabajo en equipo y sí la soberbia y la inquina de un ególatra redomado.


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