El ser humano, el peor enemigo de su propia especie
No parece que la especie humana avance lo suficiente y vaya más allá de ponerse erguida, eso es al menos lo que aparentan algunas sociedades empeñadas en mantener su soberbia por encima del resto de los mortales. Los muros que se construyen en muchos rincones del mundo son muros de desacato a LOS Derechos humanos con el semejante, barreras confeccionadas para apartar de su lado a quienes viven en el mismo Planeta con menos recursos, ocultan la podredumbre infinita de los dictadores absurdos en un siglo XXI que más parece de la Edad del medievo cuando los nobles permanecían en sus castillos a salvo, bajo la protección de sus murallas, mientras la pobreza de los débiles apostados en las afueras de las fortificaciones, padecían el infortunio de la miseria.
Contamos con gobiernos supeditados a líderes absurdos e incongruentes, acatando ordenes imprecisas con el único afán de seguir sumando enteros a sus ricas fortunas y aún sabiéndolo, se mantienen las votaciones al dictador por miedo, por saberse victimas mañana de lo que hoy puedan decidir en privado, pero nunca llevarlo a cabo en público ante el riesgo que corren tanto ellos como sus familias,, unos individuos que a pesar de todo gustan denominarse a sí mismos como demócratas., manteniendo a la población sometida a sus deseos y sobre la basura de sus manejos; apelando a los organismos internacionales para acabar con la pobreza de su pueblo mientras ellos nadan en la abundancia.
Pero también contamos con gobiernos en países modernos que se mueven en directrices del pasado, tratando de involucionar procederes de las sociedades a las que afectan sus decisiones. Gobiernos empeñados en mantener las modas del medievo utilizando las armas que a bien entiendan presumibles de usar en el momento, embaucando a millones de individuos en una batalla inconexa repleta de banalidades propias del personaje en cuestión; sí, hablo como no podía ser menos de quién se postula como candidato a ganar el premio al desprecio por los valores, los derechos humanos, el compromiso con el medio ambiente y la insolidaridad, Donald Trump, el empresario vestido de Presidente por la gracia de millones de americanos que hoy, se sienten engañados con los programas inflexibles de su líder, experto en sacar pecho en sus decisiones, a sabiendas de estar bien resguardadas sus espaldas por países enfrentados a los que tiene bien sujetos mediante pactos, deudas o incluso amenazas extensibles a su economía.
Parece ser que la política extrema se sitúa como vencedora en estos años difíciles que la humanidad está sufriendo, algunas sociedades más que otras por la diferencia de recursos; en Europa el riesgo a caer en la trampa de los populismos radicales se ha vuelto un hecho al que antes teníamos como anecdótico y ahora por el contrario, es tan real y palpable que asusta. La coalición de países integrantes de la UE se enfrenta a una dinámica de ocurrencias por parte de los que ya no quieren más Europa, que se sienten tan seguros en sus países que se podrían definir, son meros plagios de las decisiones del Sr. Trump y se sentirían afortunados de poder construir tantos muros como fronteras tiene la Unión Europea.
Y es que prefieren no interesarse en la competitividad de la moneda, aquellos años en los que la divisa estadounidense se confirmaba como plegada al euro y que nos atrajo riqueza; porque según entienden es la inmigración la culpable para muchos de todos aquellos obcecados de los males que sufre el continente, sin pensar nada más allá que la protección de sus intereses, anhelando un muro de división con respecto a las sociedades que buscan la libertad y el ejemplo en lo que se convirtió Europa para el resto del mundo.
Especulamos con la idea de una nueva Europa sin coaliciones, en la ridícula idea de que cada cual es autosuficiente y puede permitirse el lujo de poner a su divisa el valor que así interprete y no es así, la cuestión es bien distinta. No son los inmigrantes los culpables de los males que asolan Europa, el causante esta en origen, ahí es donde la diplomacia se pierde y los gobiernos no son capaces de intervenir, en las luchas cruentas que matan a inocentes, a niños culpables de haber nacido en un lugar diferente y en un tiempo distinto. Sin embargo, las armas siguen llegando, los proyectiles vomitando muerte y nadie sabe de dónde proviene el dinero suficiente en la compra de armamento que les permite llevar así más de un lustro.
Porque el radicalismo se vierte en toda su magnitud y siempre habrá alguna excusa para aflorar viejas fórmulas en el abastecimiento de sus propuestas; por doquier se sitúan bases en las que apoyar su irrupción en la política occidental al amparo de la crisis global que asola el mundo. Es cierto que la profusión de inmigrantes se ha convertido en un serio problema a tratar pero desde el punto de vista reflexivo y cayendo en los brazos de la solidaridad, siempre hubo proliferación de ciudadanos extranjeros en cualquier rincón del Planeta, provenientes de otros lares, al igual que la sociedad española atravesando un momento histórico tuvo que lanzarse a la conquista de nuevos horizontes.
Edificar muros no es la mejor solución para los problemas que sufren los seres humanos, la participación en la lucha pacífica contra los casos de oprobios a la especie, aparece como la solución más ventajosa para acabar con parte del desagravio que las sociedades se infringen. La riqueza se puede sobrellevar con buenas razones, aunque impulsar el reconocimiento del derecho al acceso de interacción económico y socio cultural a las menos afortunadas debe ser interpretado como única y verdadera razón para la supervivencia de nuestro mundo.



























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